Archivo mensual: diciembre 2013

25 de Diciembre de 1914: blanca Navidad

“La celebración de Navidad no fue olvidada. A medianoche se sirvió un ponche caliente para todos en la cubierta. Para el desayuno volvimos a tomar ponche, para beneficio de aquellos que habían estado en sus literas a medianoche. Lees había decorado la cámara de oficiales con banderas y un pequeño regalo de Navidad para cada uno de nosotros. Algunos teníamos regalos de nuestras casas para abrir.” (Sur, p. 58).

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El relato de la celebración de Navidad no parece dar pistas de las duras circunstancias que habían atravesado en días anteriores. Efectivamente, casi inmediatamente después de su partida de South Georgia, el 7 de Diciembre el Endurance había encontrado lo que constituye el mayor peligro en la navegación antártica: la banquisa. Enormes placas de hielo que flotan arrastradas por la corriente, en ocasiones dejando canales de navegación libres, y en otras cerrándose y atrapando lo que en ese momento flote entre ellas.

La presión de las placas es tan fuerte que, por ejemplo, en una ocasión actuó sobre la pala del timón transmitiéndose el impacto hacia la rueda, arrojando por encima de ella al marinero que estaba gobernando.

En esas circunstancias, y todavía sin ser conscientes de lo que les esperaba, la tripulación celebró la Navidad con una cena que consistió en sopa de tortuga, pescado frito variado, liebre estofada, budín de Navidad, pastel de picadillo de fruta, dátiles, higos y fruta confitada, acompañado de ron y cerveza negra. Sin duda un menú espléndido, tal y como Shackleton menciona en su diario.


5 de diciembre de 1914: Shackleton por fin pone rumbo a la Antártida

“El día de la partida llegó. Di la orden de levar anclas a las 8.45 del 5 de Diciembre de 1914, y el rechinamiento del cabrestante rompió el último vínculo que teníamos con la civilización. La mañana estaba gris y nublada, con ráfagas ocasionales de nieve y ventisca, pero los corazones estaban alegres a bordo del Endurance. Los largos días de preparativos quedaban atrás, y nos aguardaba la aventura.” (Sur, p. 41).

Shackleton se había detenido en South Georgia durante un tiempo, dado que las condiciones en el mar de Weddell no parecían ser favorables. De hecho el hielo estaba más al norte de lo esperado para la época del año en la que estaban. Por ello, en previsión de lo que pudiera pasar, se aprovisionaron bien en los almacenes de la zona, adquiriendo carbón, ropa adicional y una tonelada de carne de ballena para los perros.

Hay quien, analizando el hecho de que Shackleton pusiera rumbo a la Antártida a pesar de las circunstancias desfavorables, ha interpretado que fue un error. Evidentemente, dado el cariz que tomaron los acontecimientos en los meses sucesivos, es fácil afirmar retrospectivamente que si no se hubiera aventurado nada habría ocurrido, pero en general cuando se analiza un suceso del pasado con los datos del presente la perspectiva se distorsiona.

De hecho, tal y como seguramente él veía las cosas, la opción más lógica era seguir adelante. Primero, porque confiaba en su experiencia y en su equipo para vencer todo tipo de dificultades (ya había enfrentado problemas graves en expediciones anteriores y los había resuelto con éxito). Segundo, porque ni remotamente se podría imaginar lo que iba a ocurrir (nadie lo hubiera imaginado). Y tercero, porque la disyuntiva no acababa en decidir si debía continuar o no, sino en cuáles eran las opciones si no lo hacía. En ese sentido, no se debe olvidar que Europa había entrado en guerra, que se había comprometido con sus patrocinadores, y que él vivía de sus expediciones. En otras palabras, si no se hubiera hecho a la mar con rumbo a la Antártida, con toda probabilidad la misión habría acabado en ese mismo momento y, lo que es quizá peor, sin posibilidad alguna de respuesta ante los patrocinadores.

Pero por encima de estos tres planteamientos hay otro que refuerza la idea de que hacerse a la mar en aquellas circunstancias no fue una temeridad, y es el apodo con el que Shackleton era conocido: “old cautious” (el viejo cauteloso). Si se había ganado ese sobrenombre por ser precavido no cabe ninguna duda de que si hubiera albergado la más remota posibilidad de enfrentar un peligro insuperable, jamás hubiera levado anclas.

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