Archivo mensual: mayo 2015

23 de mayo de 1916: el Southern Sky

“La primera parte del viaje hasta la isla Elefante en el Southern Sky transcurrió sin incidentes. A mediodía del martes 23 de mayo, navegábamos a doce millas por hora en dirección suroeste. Avanzamos bastante, pero la temperatura bajó mucho, y los indicios me dieron motivo para preocuparme por la probabilidad de encontrarnos con el hielo.” (p. 345).

El presagio de Shackleton acabaría por cumplirse, y a escasas setenta millas de la costa de isla Elefante el Southern Sky tuvo que darse la vuelta por debido al hielo. Era un barco hecho de acero, y Shackleton calculaba que no resistiría los golpes del hielo. Como él mismo escribió, resultaba difícil aceptar el fracaso, pero no parecía haber nada que se pudiera hacer. Por otro lado, había que tomar una decisión rápida, pues el barco sólo tenía carbón para diez días. Como en aquel momento estaban más cerca de las Malvinas que de Georgia del Sur, Shackleton decidió poner rumbo a aquellas islas para intentar desde allí el rescate con otro barco.

Catcher ballenero similar al Southern Sky (histarmar.com)

Catcher ballenero similar al Southern Sky (histarmar.com)


20 de mayo de 1916: Stromness, al fin

Stromness (c) Jesús Alcoba 2014

Stromness (c) Jesús Alcoba 2014

“A las 6:30, pensé que había oído el sonido del silbato de un barco de vapor. No me atrevía a afirmarlo, pero sabía que los hombres de la estación ballenera se levantarían cerca de esta hora. Cuando bajé al campamento, se lo conté a los otros y, con intensa excitación, miramos el cronómetro esperando las 7:00, cuando los balleneros serían llamados a trabajar. Justo en ese minuto, el silbido llegó hasta nosotros, traído claramente por el viento a través de los kilómetros de roca y nieve que nos separaban. Ninguno de nosotros había oído jamás una música más dulce. Era el primer sonido creado por otros seres humanos que llegaba hasta nuestros oídos desde que partimos de la bahía Stromness en diciembre de 1914 (…) Fue un momento difícil de describir. El dolor y el sufrimiento, los viajes en bote, las caminatas, el hambre y la fatiga parecieron pertenecer al limbo de las cosas olvidadas, y sólo quedaba la satisfacción total que llega con la tarea cumplida” (Sur, p. 330).

Fueron momentos de una intensidad formidable. Aquellos tres hombres habían sufrido todo tipo de penurias, privaciones y adversidades, pero al fin lograron su recompensa. Tras oír el silbato, lo más apresuradamente que pudieron recorrieron el camino hasta Stromness. Al llegar buscaron al jefe de la estación, Thoralf Sorlle, a quien conocían, pero este no les reconoció. La leyenda dice que cuando al fin aquel andrajoso vagabundo se identificó como Ernest Shackleton, Sorlle se echó a llorar.

Los investigadores han querido ver en la prosa que Shackleton utilizó para recrear el momento de la llegada la intención de crear una narrativa de corte profundo y espiritual, como debió ser su vivencia. De hecho, los tres expedicionarios coincidieron en que durante todo el viaje habían sentido la presencia de un cuarto caminante a su lado. Es la idea del acompañante espiritual que aparecería más tarde en La tierra baldía del poeta T.S. Eliot, dentro del poema Lo que dijo el trueno: “¿Quién es ese tercero que camina siempre a tu lado? / Cuando cuento, solo somos dos, tú y yo, juntos / pero cuando miro delante de mí sobre el blanco camino / siempre hay otro que marcha a tu lado”. 

Esa narrativa intensa, llena de sentido, tiene su punto culminante en las frases que Shackleton escribió para expresar la profundidad de su vivencia. Es imposible escoger mejores palabras:

“Habíamos sufrido, pasado hambre y triunfado, nos habíamos arrastrado y nos habíamos aferrado a la gloria, habíamos crecido en la inmensidad del todo. Habíamos visto a Dios en Su esplendor, oído el texto que nos brinda la Naturaleza. Habíamos llegado al alma desnuda del hombre.” (Sur, p. 335).

 


Medianoche del 19 al 20 de mayo de 1916: la risa estaba en nuestros corazones

“Worsley y Crean entonaron sus viejas canciones mientras que el Primus ardía alegremente. La risa estaba en nuestros corazones, aunque no en nuestros labios agrietados y cortados.” (Sur, pp. 327-328).

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Crean Lake (c) Jesús Alcoba 2014

El relato de la travesía de South Georgia es, nuevamente, el de una lucha suprema contra la adversidad. Sin mapas del interior de la isla y con un equipo mínimo, Shackleton, Worsley y Crean debían llegar al otro lado para pedir rescate y salvar la vida de sus compañeros.

Uno de los episodios más mencionados relata que, con la llegada de la noche, la temperatura empezaba a bajar bruscamente, y Shackleton y sus compañeros debían perder altura o morirían congelados. La única posibilidad era dejarse deslizar por la pendiente, pecho contra espalda, esperando que ningún obstáculo o zanja les detuviera de forma letal. Lo dramático del asunto es que no había alternativa. O lo hacían así, o si se entretenían buscando otros planes, morirían poco a poco de congelación. Como es de suponer, asumieron el riesgo y, por suerte, el destino premió su audacia. Sobrevivieron.

Al llegar la medianoche de aquel extenuante día encendieron su hornillo Primus para calentar algo de comida, descansar y cantar. Pero no dormirían, pues no se lo podían permitir, sino que seguirían su camino. Poco más tarde, estaban tan cansados que Shackleton dejó dormir a sus compañeros, pero a los cinco minutos les despertó diciéndoles que habían dormido media hora. El motivo era simple: si les dejaba más tiempo, él mismo se quedaría dormido de agotamiento y morirían.

Debían seguir avanzando. A toda costa.

 


19 de mayo de 1916: comienza la travesía de South Georgia

“La luna llena brillaba en un cielo casi sin nubes, sus rayos se reflejaban gloriosamente desde las cumbres y el hielo agrietado de los glaciares cercanos. Los enormes picos de las montañas se erguían y se recortaban contra el cielo y arrojaban sombras oscuras sobre las aguas de la bahía.” (Sur, p. 318).

La mañana del viernes 19 de mayo de 1916 Shackleton y sus hombres se levantaron a las 2:00 de la mañana, y Shackleton anotó en su diario una hermosa descripción del paisaje.

La bahía del Rey Haakon, el lugar donde habían llegado, se encontraba en el lado deshabitado de la isla, y por tanto la ayuda estaba al otro extremo. Pero el James Caird estaba demasiado deteriorado como para soportar una nueva singladura. Así que su única salida era intentar cruzar la isla a pie. En aquella época había mapas de Georgia del Sur, pero solo aparecía reflejada la costa en ellos, dado que nadie había atravesado nunca el interior. El motivo era que todo el mundo pensaba que era imposible.

McCarthy, Vincent y McNeish se quedarían acampados allí, pues se encontraban demasiado debilitados. Y Shackleton, Worsley y Crean emprenderían aquella mañana el camino hacia el otro extremo de la isla: 50 kilómetros colmados de incertidumbre que tendrían que atravesar a toda costa para conseguir el rescate.

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10 de mayo de 1916: desembarco en Georgia del Sur

“Muchas veces me maravilló la delgada línea que divide el éxito del fracaso y el repentino cambio que conduce del desastre aparentemente seguro a una relativa seguridad (…) Deseábamos que llegara el día. Cuando al fin amaneció la mañana del 10 de mayo, casi no había viento, pero corría un fuerte mar cruzado. Avanzamos con lentitud hacia la costa (…) Grandes glaciares bajaban hasta el mar, pero no presentaban ningún lugar donde desembarcar. El mar se descargaba contra los arrecifes y explotaba contra la costa (…) Estaba oscureciendo. Una pequeña ensenada, con una playa cubierta por grandes rocas protegida por un arrecife, constituía un cambio en los acantilados del extremo sur de la bahía, y viramos en esa dirección (…) Salté a tierra con la boza corta y la sostuve cuando el bote volvió a alejarse con la marea que retrocedía (…) Un momento después, estábamos de rodillas bebiendo el agua pura, helada, a grandes tragos que nos devolvieron la vida. Fue un momento espléndido.” (Sur, pp. 298-300).

Shackleton dedica tres páginas de su diario al momento en el que por fin desembarcaron en South Georgia, poniendo fin con éxito a la que, a día de hoy, aún es la travesía en bote más arriesgada y heroica de toda la historia de la navegación, desde el comienzo de los tiempos. Frank Worsley, posiblemente uno de los mejores navegantes de la Historia, con un equipo de navegación mínimo, había cometido también un error mínimo, de unos 30 kilómetros en un trayecto de 1.300, lo que equivale aproximadamente a un 2%. Nunca tan pocos hombres han hecho tanto con tan poco. Es estremecedor pensar cómo debieron vivir aquellos días en los que navegaron entre la incertidumbre, y cómo se debieron sentir cuando al fin desembarcaron en la isla de la que habían salido casi dos años antes. Aquel día la bahía del Rey Haakon, en la remota South Georgia, les arropó y les proporcionó un consuelo difícil de describir con palabras.

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8 de mayo de 1916: al fin, Georgia del Sur a la vista

“El 8 de mayo amaneció pesado y tormentoso, con chubascos del noroeste (…) Fijamos la mirada hacia adelante, con creciente entusiasmo y, a las 12:30, McCarthy logró ver los acantilados negros de Georgia del Sur, justo catorce días después de nuestra partida de la isla Elefante. Fue un momento agradable. A pesar de estar abatidos por la sed, congelados y débiles, irradiábamos felicidad. La tarea estaba casi lista.” (Sur, pp. 295-296).

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Estaban a punto de llegar. Tras catorce días de terrible navegación, los oscuros acantilados de Georgia del Sur aparecieron al fin ante sus ojos.

Pero nada sería fácil para aquellos hombres. En esa latitud los vientos reciben nombres por su furia: en el paralelo 50, los raving fifties, y en el 60, los screaming sixties. En aquél momento el viento estaba soplando a unos 80 nudos en Georgia del Sur, y desembarcar iba a ser una empresa titánica. Dada la dificultad de la tarea Worsley, que llegó a temer por su vida, como seguramente en tantas otras veces, se lamentó. Pero, sorprendentemente, no del hecho de morir en sí mismo, sino de que si al final perdían sus vidas en el intento nadie sabría nunca lo cerca que habían estado.


5 de mayo de 1916: una poderosa conmoción del océano

“A medianoche, yo estaba al timón y de repente advertí una línea de cielo claro entre el sur y el suroeste. Les grité a los otros hombres que el cielo se estaba limpiando y luego, un momento después, me di cuenta de que lo que había visto no era una abertura en las nubes, sino la cresta de una ola enorme. En mi experiencia de ventiséis años en el oceáno en la que había sido testigo de todos sus estados de ánimo, nunca me había enfrentado a una ola tan gigantesca. Era una poderosa conmoción del océano, algo muy diferente de los inmensos mares de espuma blanca que habían sido nuestros incansables enemigos durante muchos días.” (Sur, p. 292).

 

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Este episodio fue uno de los muchos en los cuales Shackleton y sus hombres estuvieron a punto de morir durante la expedición Endurance. Las aguas en esa latitud son las peores del mundo, según han afirmado marineros de todos los tiempos y de todos los países. Al no haber tierra en ningún punto alrededor del eje del globo, los vientos se realimentan en un giro circumpolar constante, con ráfagas de viento que pueden soplar a 300 kilómetros por hora.

Es muy difícil imaginar cómo debe ser realizar un periplo de 1.300 kilómetros en un bote salvavidas de tan solo 6 metros de eslora, con un aparejo de fortuna y una instrumentación mínima. En ese contexto, el episodio que relata Shackleton toma una intensidad y un dramatismo difícilmente superables. La mayor ola de su vida le atrapó en el peor momento de su vida, tras meses de atravesar todos los infortunios imaginables.

A pesar de ello, Shackleton y sus hombres optaron claramente por la supervivencia, esforzándose al máximo por achicar el agua y retornar a una normalidad que solo era relativa, pues el incidente había dejado notar su efecto sobre la embarcación.

Afortunadamente, el fin de aquel penoso trayecto estaba ya muy cerca.