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25 de agosto de 1916: el Yelcho zarpa

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“No había disponible ningún barco apropiado. El tiempo daba señales de mejoría, y le rogué al gobierno chileno que me prestara el Yelcho para un último intento de llegar a la isla. Era un vapor pequeño hecho de acero, muy inapropiado para trabajar en el hielo, pero prometí que no lo tocaría. El gobierno estaba dispuesto a darme otra oportunidad, y el 25 de agosto zarpé hacia el sur en el cuarto intento de rescate.” (Sur, p. 353).

Shackleton ya conocía el Yelcho, pues había servido para remolcar a la goleta Emma en el anterior intento. Este tipo de barcos (llamados escampavías), eran barcos pequeños y con gran capacidad de maniobra, pensados para realizar tareas sencillas, en general cerca de la costa, o para prestar apoyo a otros barcos.

El Yelcho no era por tanto un barco de exploración polar, como por otra parte se evidenciaba en su reducido tamaño – 35 metros de eslora- y en el hecho de que estaba hecho de acero, lo que junto con su proa sin refuerzo lo hacían inapropiado para el hielo. Sin embargo, Shackleton sabía muy bien que debía aprovechar la mejoría en el tiempo para intentar otro rescate.

El 25 de agosto el Yelcho zarpaba de Punta Arenas en un nuevo intento de llegar a Isla Elefante al mando del marino chileno Luis Pardo Villalón.


Frank Wild: el hombre clave en isla Elefante

“En gran medida, gracias a Wild y a su energía, iniciativa y recursos, el grupo se mantuvo alegre en todo momento y, de hecho, los hombres salieron vivos y coleando. Asistido por los dos cirujanos, los doctores McIlroy y Macklin, siempre cuidó muy de cerca la salud de cada uno. Su alegre optimismo nunca falló, ni siquiera cuando la comida era muy escasa, y la perspectiva de rescate parecía remota” (Sur, p. 381).

Frank Wild fue un hombre clave durante toda la expedición Endurance, pero sin duda mucho más en isla Elefante. Posiblemente Shackleton se hubiera sentido mucho mejor si le hubiera acompañado en la travesía hacia South Georgia, pero una vez más su conciencia y sentido de la responsabilidad le llevó a dejarle junto con los otros 21 hombres, pues sabía que solo él podría liderarlos durante el tiempo, en principio incierto, que debían esperar.

Frank Wild tenía conocimientos, experiencia y valor más que suficientes como para haber liderado cualquier misión, y sin embargo encontró su lugar como hombre de confianza de Shackleton. Su labor no fue quizá muy visible, pero fue decisiva. No en vano un conocido documental de la BBC llevó por título “Frank Wild, el héroe olvidado de la Antártida”, haciendo precisamente referencia al escaso tratamiento que ha tenido su figura pese a su significativa aportación a la exploración Antártica.

Los restos de Frank Wild descansan hoy en la remota South Georgia junto a los de Shackleton. Su lápida es mucho más sencilla que el monolito que señala el lugar donde reposa su jefe, y la inscripción recoge una vez más el admirable espíritu de un hombre que, pudiendo haber sido primero, escogió ser segundo: “Frank Wild 1873-1939. La mano derecha de Shackleton.”

(c) Jesús Alcoba 2014

(c) Jesús Alcoba 2014


23 de mayo de 1916: el Southern Sky

“La primera parte del viaje hasta la isla Elefante en el Southern Sky transcurrió sin incidentes. A mediodía del martes 23 de mayo, navegábamos a doce millas por hora en dirección suroeste. Avanzamos bastante, pero la temperatura bajó mucho, y los indicios me dieron motivo para preocuparme por la probabilidad de encontrarnos con el hielo.” (p. 345).

El presagio de Shackleton acabaría por cumplirse, y a escasas setenta millas de la costa de isla Elefante el Southern Sky tuvo que darse la vuelta por debido al hielo. Era un barco hecho de acero, y Shackleton calculaba que no resistiría los golpes del hielo. Como él mismo escribió, resultaba difícil aceptar el fracaso, pero no parecía haber nada que se pudiera hacer. Por otro lado, había que tomar una decisión rápida, pues el barco sólo tenía carbón para diez días. Como en aquel momento estaban más cerca de las Malvinas que de Georgia del Sur, Shackleton decidió poner rumbo a aquellas islas para intentar desde allí el rescate con otro barco.

Catcher ballenero similar al Southern Sky (histarmar.com)

Catcher ballenero similar al Southern Sky (histarmar.com)


10 de mayo de 1916: desembarco en Georgia del Sur

“Muchas veces me maravilló la delgada línea que divide el éxito del fracaso y el repentino cambio que conduce del desastre aparentemente seguro a una relativa seguridad (…) Deseábamos que llegara el día. Cuando al fin amaneció la mañana del 10 de mayo, casi no había viento, pero corría un fuerte mar cruzado. Avanzamos con lentitud hacia la costa (…) Grandes glaciares bajaban hasta el mar, pero no presentaban ningún lugar donde desembarcar. El mar se descargaba contra los arrecifes y explotaba contra la costa (…) Estaba oscureciendo. Una pequeña ensenada, con una playa cubierta por grandes rocas protegida por un arrecife, constituía un cambio en los acantilados del extremo sur de la bahía, y viramos en esa dirección (…) Salté a tierra con la boza corta y la sostuve cuando el bote volvió a alejarse con la marea que retrocedía (…) Un momento después, estábamos de rodillas bebiendo el agua pura, helada, a grandes tragos que nos devolvieron la vida. Fue un momento espléndido.” (Sur, pp. 298-300).

Shackleton dedica tres páginas de su diario al momento en el que por fin desembarcaron en South Georgia, poniendo fin con éxito a la que, a día de hoy, aún es la travesía en bote más arriesgada y heroica de toda la historia de la navegación, desde el comienzo de los tiempos. Frank Worsley, posiblemente uno de los mejores navegantes de la Historia, con un equipo de navegación mínimo, había cometido también un error mínimo, de unos 30 kilómetros en un trayecto de 1.300, lo que equivale aproximadamente a un 2%. Nunca tan pocos hombres han hecho tanto con tan poco. Es estremecedor pensar cómo debieron vivir aquellos días en los que navegaron entre la incertidumbre, y cómo se debieron sentir cuando al fin desembarcaron en la isla de la que habían salido casi dos años antes. Aquel día la bahía del Rey Haakon, en la remota South Georgia, les arropó y les proporcionó un consuelo difícil de describir con palabras.

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5 de mayo de 1916: una poderosa conmoción del océano

“A medianoche, yo estaba al timón y de repente advertí una línea de cielo claro entre el sur y el suroeste. Les grité a los otros hombres que el cielo se estaba limpiando y luego, un momento después, me di cuenta de que lo que había visto no era una abertura en las nubes, sino la cresta de una ola enorme. En mi experiencia de ventiséis años en el oceáno en la que había sido testigo de todos sus estados de ánimo, nunca me había enfrentado a una ola tan gigantesca. Era una poderosa conmoción del océano, algo muy diferente de los inmensos mares de espuma blanca que habían sido nuestros incansables enemigos durante muchos días.” (Sur, p. 292).

 

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Este episodio fue uno de los muchos en los cuales Shackleton y sus hombres estuvieron a punto de morir durante la expedición Endurance. Las aguas en esa latitud son las peores del mundo, según han afirmado marineros de todos los tiempos y de todos los países. Al no haber tierra en ningún punto alrededor del eje del globo, los vientos se realimentan en un giro circumpolar constante, con ráfagas de viento que pueden soplar a 300 kilómetros por hora.

Es muy difícil imaginar cómo debe ser realizar un periplo de 1.300 kilómetros en un bote salvavidas de tan solo 6 metros de eslora, con un aparejo de fortuna y una instrumentación mínima. En ese contexto, el episodio que relata Shackleton toma una intensidad y un dramatismo difícilmente superables. La mayor ola de su vida le atrapó en el peor momento de su vida, tras meses de atravesar todos los infortunios imaginables.

A pesar de ello, Shackleton y sus hombres optaron claramente por la supervivencia, esforzándose al máximo por achicar el agua y retornar a una normalidad que solo era relativa, pues el incidente había dejado notar su efecto sobre la embarcación.

Afortunadamente, el fin de aquel penoso trayecto estaba ya muy cerca.

 


24 de abril de 1916: hacia South Georgia

“Era necesario realizar un viaje en barco en busca de rescate, y no debía demorarse. Esa conclusión se me impuso a la fuerza.” (Sur, p. 266).

Con esta frase Ernest Shackleton mostró una vez más una de sus cualidades para el éxito y el liderazgo: la conciencia. Había pasado apenas una semana desde su establecimiento en Cabo Wild, pero Shackleton enseguida se dio cuenta de que, a pesar de la aparente seguridad que proporcionaba la tierra firme, si se quedaban allí morirían. Isla Elefante es una roca perdida en medio del océano que no les ofrecía ninguna esperanza de supervivencia, máxime cuando no había posibilidad alguna de que nadie fuera a rescatarles.

El plan que ideó fue tan simple como descabellado: tomar el más grande de sus botes salvavidas, el James Caird -de tan solo seis metros de eslora- e intentar llegar a South Georgia, en un increíble periplo de 1.300 kilómetros. Con algunos restos le construirían una cubierta y un aparejo de fortuna, lo lastrarían con rocas para mejorar su navegabilidad, y cargarían provisiones para un mes.

Frank Worsley, Tom Crean, John Vincent, Timothy McCarthy y Harry McNish serían los elegidos para acompañar a Shackleton en el que, aún hoy, es el viaje en bote más arriesgado de toda la historia de la navegación.

 

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17 de abril de 1916: Cabo Wild

Desafortunadamente la playa donde habían inicialmente desembarcado Shackleton y sus hombres no era apta para establecer allí su campamento, pues era demasiado pequeña y tarde o temprano sería cubierta por el agua. Así que, sin apenas descanso, tuvieron que afanarse en buscar otro lugar. Frank Wild, acompañado de cuatro hombres, fue el encargado de localizar el nuevo y definitivo lugar, que sería bautizado con su nombre, Cabo Wild, y que aparece descrito así:

“Un banco de arena once kilómetros al oeste, de unos doscientos metros de largo, que formaba un ángulo recto con la costa y terminaba en el extremo que daba al mar en una masa de rocas.” (Sur, p. 253).

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El 17 de abril Shackleton y su tripulación, en los pequeños botes salvavidas, se dirigieron a Cabo Wild y se establecieron allí. Pese a que, como en la peor de las pesadillas, la ventisca que les recibió duró dos semanas soplando entre los 100 y los 150 kilómetros por hora, los hombres de Shackleton se encontraron felices de estar al fin seguros en tierra firme:

“Cuando nos apiñamos alrededor de la cocina de grasa, con el humo acre que volaba hacia nuestras caras, nos sentimos un grupo feliz.” (Sur, p. 258).

 


14 de abril de 1916: desembarco en Isla Elefante

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“Remando con cuidado y evitando la marejada que mostraba dónde había rocas hundidas, llevamos el Stancomb Wills hacia la abertura en el acantilado. Luego, con unas pocas paladas, avanzamos por encima del oleaje y llevamos el bote hasta una playa rocosa. La siguiente 0la lo empujó un poco más lejos. Este era el primer desembarco jamás hecho en Isla Elefante.” (Sur, p. 246).

497 días después de haber abandonado tierra firme, en la ahora aún lejana South Georgia, los hombres de Shackleton arribaron por fin en Isla Elefante, una roca helada perdida en medio del océano, demasiado lejos de cualquier sitio habitado. El comportamiento de los hombres, debido al maltrecho estado en el que estaban, y a la alegría que sentían, fue cuando menos curioso:

“Algunos de los hombres se tambaleaban por la playa como si hubieran encontrado una fuente inagotable de alcohol en la desolada costa. Se reían ruidosamente, levantaban piedras y dejaban caer puñados de guijarros entre los dedos como avaros deleitándose frente al oro acumulado. Las sonrisas y las risas, que hacían que los labios resquebrajados se volvieran a partir, y las exclamaciones de júbilo al ver dos focas vivas en la playa me hicieron pensar, por un momento, en esa fastuosa hora de la infancia cuando por fin se abre la puerta y el árbol de Navidad en todo su esplendor aparece ante nuestros ojos.” (Sur, pp. 247-248).


9 de abril de 1916: por fin, hacia Isla Elefante

“El día siguiente fue domingo 9 de Abril, pero no fue un día de descanso para nosotros. Muchos de los acontecimientos importantes de nuestra expedición ocurrieron los domingos, y este día en particular sería testigo de una partida obligada de la placa en donde habíamos vivido durante seis meses y del inicio de nuestro viaje en los botes.” (Sur, p. 216).

Por fin, de una manera ciertamente extraña, un poco por propia decisión, y otro poco impulsado por los acontecimientos, llegó el gran día de la partida. Como en tantas otras ocasiones, cuesta imaginar lo que debió ser para aquellos hombres abandonar la placa de hielo en la que, es cierto, de modo muy precario, habían encontrado refugio durante tanto tiempo. Lanzarse en aquellos pequeños botes al agua en medio de una Antártida siempre hosca e impredecible debió ser duro. En esos momentos, sin embargo, Shackleton encuentra fuerzas para reflexionar acerca de las cosas importantes en la vida:

“Los adornos de la civilización pronto se dejan de lado frente a realidades severas, y si el hombre tiene la mínima posibilidad de obtener comida y refugio, puede vivir e, incluso, descubrir que su risa es verdadera.” (Sur, p. 218).

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La primera noche, sin embargo, el infortunio volvería a golpearles. Lograron subir a uno de los témpanos de hielo para hacer noche, pero desafortunadamente éste se abrió en dos dejando caer a un hombre al agua. Afortunadamente Shackleton, haciendo gala de una rapidez y de una fortaleza formidables, logró sacarle antes de que su vida estuviera gravemente comprometida. Sin embargo, se quedó solo en uno de los dos fragmentos de hielo en los que quedó dividido el témpano, y a punto estuvo de perderse en la inmensidad oscura de aquel mar si no llega a ser porque lanzaron un bote para rescatarle. Escribió:

“Por un momento, sentí que el trozo de placa sobre el que yo estaba y que no cesaba de moverse era el lugar más solitario del mundo.” (Sur, p. 221).

Aquella noche aprendieron algo terrible, y es que no podrían intentar ese tipo de desembarco para pernoctar y descansar nunca más. A partir de ahí, deberían hacer noche en los botes salvavidas.


7 de abril de 1916: la soledad del liderazgo

“Confieso que sentí el gran peso de la responsabilidad sobre mis hombros; sin embargo, por otra parte, me sentía estimulado y animado por la actitud de los hombres. La soledad es el castigo del liderazgo, pero el hombre que tiene que tomar decisiones está asistido, en gran medida, si siente que no existe la incertidumbre en la mente de quienes lo siguen y que sus órdenes serán cumplidas con confianza y con la esperanza de alcanzar el éxito.” (Sur, p. 214).

La situación encima del témpano de hielo comenzaba a ser insostenible. Esa misma tarde, hacia las 18:30, los hombres sintieron un golpe fuerte en la placa. Cuando inspeccionaron el terreno, se dieron cuenta de que había aparecido una grieta debajo de uno de los botes salvavidas, el James Caird. Conforme avanzaban hacia el norte movidos por la corriente del mar de Weddell, la temperatura aumentaba y el hielo comenzaba a derretirse. El fragmento en el que ellos estaban era un triángulo que medía tan solo unos pocos metros por cada lado.

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Fotograma de la película “Shackleton”

 

En esa situación, Shackleton debía tomar la decisión de lanzar los botes al agua para escapar del hielo, pero no era una decisión sencilla. Y en ese momento, tal y como recoge en su diario, sintió todo el peso de la soledad del liderazgo. Una posición en la que, por mucho que el líder se deje asesorar, en el último momento sus decisiones siempre serán individuales, pues suya es al fin y al cabo la responsabilidad.

Sus hombres, sin embargo, mitigaban ese peso con la confianza que depositaban en él. Es en esos momentos de incertidumbre y dificultad cuando se ver con claridad que Shackleton no se equivocaba cuando buscaba hombres que destacaran por dos cualidades: una, el optimismo. La otra, la lealtad.