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Agosto de 1915 en la Antártida

Tras la rotura de la placa el uno de Agosto, el resto del mes transcurrió sin demasiados incidentes. El barco seguía derivando, y los hombres se entretenían como podían realizando sondeos, entrenando a los perros, capturando pingüinos o realizando algún pequeño viaje para inspeccionar el terreno que se extendía a su alrededor.

De nuevo resulta sorprendente cómo el relato de Shackleton es simplemente descriptivo, por momentos dotado de una belleza literaria inusitada:

“El lejano témpano se yergue como una altísima barrera de acantilados que se reflejan en lagos azules y vías de agua en su base. Grandes ciudades blancas y doradas de aspecto oriental a breves intervalos a lo largo de estos acantilados muestran témpanos distantes, algunos que nunca habíamos visto. Flotando sobre estos, hay temblorosas líneas de color violeta y crema de témpanos de témpanos y bancos aún más remotos. Las líneas se elevan y caen, tiemblan, se disipan y reaparecen en una escena de interminable transformación. La branquias y los témpanos meridionales, que atrapan los rayos del sol, son dorados, pero hacia el norte, las masas de hielo son púrpuras. Aquí los témpanos adoptan formas cambiantes, primero un castillo, luego un globo alejado del horizonte, que se convierte rápidamente en un inmenso hongo, una mezquita o una catedral. La principal característica es el alargamiento vertical del objeto, un pequeño cordón de presión con el aspecto de una línea de almejas o altísimos acantilados. El espejismo es producido por la refracción y se intensifica por las columnas de aire relativamente caliente que sube de varias grietas y canales que se han abierto de diez a treinta kilómetros al norte y al sur.” (Sur, p. 125).

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1 de Agosto de 1915: rotura de la placa

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“La rotura de nuestra placa ocurrió, de pronto, el domingo 1 de agosto, justo un año después de que el Endurance zarpara del muelle South-West India en su viaje al lejano Sur. La posición era 72º 26′ latitud S, 48º 10′ longitud O. La mañana trajo un moderado vendaval del suroeste con copiosa nieve y, a las 8:00, después de algunos movimientos de advertencia del hielo, la placa se rajó treinta y seis metros frente a la proa de estribor” (Sur, p. 120).

Una coincidencia temporal hizo que el 1 de Agosto de 1915, justo cuando se cumplía un año de su partida, el témpano en el que el Endurance estaba atrapado, se quebrase. Este movimiento del hielo provocó que gran parte de los alojamientos para los perros (los dogloos) quedasen destruidos, algunos aplastados y otros engullidos al abrirse la placa bajo ellos y cerrarse de nuevo.

Pero quizá la consecuencia más relevante fue la importante escora a babor que sufrió el barco, lo que motivó que Shackleton estableciera una doble guardia y alertara a los hombres para que estuvieran preparados. La otra preocupación era la seguridad del timón, que recibía constantes ataques del hielo. En una de esas ocasiones un gran bloque se atascó entre el codaste y el timón, pero afortunadamente pudieron sacarlo.

Por un lado estos movimientos del hielo encerraban peligros, pero por otro evidenciaban la progresiva subida de las temperaturas. Lo que a su vez conllevaba, seguramente, la esperanza de que el hielo liberase al fin el barco.


26 de julio de 1915: El primer amanecer

“Sería un alivio poder hacer un esfuerzo por nuestra cuenta; pero no podemos hacer nada hasta que el hielo libere el barco. Si las placas siguen aflojándose, tal vez podamos salir dentro de las próximas semanas y reanudar la lucha. Mientras tanto la presión sigue estando, y es difícil pronosticar el desenlace. Justo antes del mediodía de hoy, 26 de julio, la parte superior del sol apareció por refracción durante un minuto, setenta y nueve días después de nuestro último ocaso.” (Sur, p. 119).

Son muchas las ocasiones de nuestra vida en la que debemos esperar. Nos encantaría poder acelerar los acontecimientos, que llegara ya el día en el que tenemos que presentar un proyecto, hacer un examen o conocer los resultados de unas pruebas médicas. En ese trance muy pocos saben desconectarse de la ansiedad que produce no saber qué va a ocurrir, centrándose en el día a día y esperando pacientemente a que lleguen o cambien los acontecimientos. Shackleton y su tripulación dieron sobradas muestras de que dominaban esa rara habilidad para la espera en la incertidumbre. Sobre todo porque el hielo no seguía ninguna regla en particular: podía avanzar en una u otra dirección, quedarse quieto o partirse de golpe. Y en ese contexto, los hombres, simplemente o nada menos, esperaban en el hoy deseando que su mañana fuera mejor. Una espera larga y durísima, sobre todo teniendo en cuenta que vivían en la más absoluta oscuridad por debajo de la temperatura en la que el agua se congela.

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10 de julio de 1915: la llegada del sol se acerca

“La cercanía del sol que regresaba fue indicada por los hermosos resplandores del amanecer que se vieron en el horizonte los primeros días de julio. El 10 tuvimos nueve horas de crepúsculo, y el cielo septentrional, cerca del horizonte, estuvo teñido de un color dorado durante unas siete horas. Numerosas grietas y canales se extendían en todas las direcciones hasta una distancia de casi trescientos metros del barco” (Sur, p. 115).

Poco a poco el verano antártico regresaba a las vidas de la tripulación del Endurance. Tras el Derby Antártico del 15 de junio los hombres volvieron a celebrar una competición de trineos, únicamente con los dos mejores equipos, el de Wild y el de Hurley, quien ganó de una forma extraña: el juez le adjudicó la victoria dado que el trineo de Wild había sido bruscamente aligerado tras la caída del propio Shackleton, quien era parte del lastre. En la narración del día 10 de julio, y aunque no haga mención explícita a ello, aparece la esperanza en forma de grietas y canales que iban poco a poco apareciendo. Significaban la subida desde las temperaturas, y desde luego la esperanza de escapar por fin del hielo.

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22 de junio de 1915: sigue la espera

“Celebramos el solsticio de inverno el 22. El crepúsculo se extendió por un período de unas seis horas aquel día, y hubo buena luz de luna a mediodía y también un resplandor del norte con volutas de hermosas nubes a lo largo del horizonte.” (South, p. 114).

 

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El tiempo pasaba lentamente durante el largo invierno antártico. Cuesta imaginar el día a día de aquellos hombres perdidos en la inmensidad blanca del hielo, moviéndose con rumbo incierto y sin mayores ocupaciones. Si se tiene en cuenta que la escasez de provisiones y la falta de comunicación, así como las temperaturas extremas y la larga oscuridad eran la tónica dominante, resulta extraordinario que Shackleton describiera el paisaje con tan bellas palabras. Siempre hay quien, por encima de todo, sabe apreciar lo positivo de cualquier situación.


1 de Mayo de 1915: el sol desaparece

“Nos despedimos del sol el 1 de mayo e ingresamos en un período de crepúsculo al que seguiría la oscuridad de pleno invierno.” (South, p. 105).

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A la incertidumbre causada por la deriva de los témpanos de hielo y a las temperaturas cada vez más frías por la llegada del invierno, se añadió la desaparición casi total de la luz del sol en los primeros días de mayo. Cuesta creer lo que un grupo de hombres perdidos e incomunicados en la Antártida debieron pensar en aquellos momentos en los que estaban a punto de enfrentarse a largos meses de casi completa oscuridad e inactividad. Y cuesta aún más creer que, contra todo pronóstico, combatieron sus penalidades de una forma insólita, que es provocando activamente momentos de entretenimiento y diversión. Una gran lección para todas aquellas personas que piensan que en los peores momentos no hay otro remedio que sentirse mal. Shackleton escribió:

“Sin embargo, la compañía del Endurance se negó a abandonar la jovialidad acostumbrada, y un concierto por la noche convirtió al Ritz en una escena de ruidoso regocijo, en extraño contraste con el mundo frío y silencioso del exterior.” (Ibíd.).


14 de Abril de 1915: la vida sobre los témpanos


“Un nuevo témpano que nos daría motivos de preocupación apareció el 14 (…) Desde lo alto del mástil podíamos ver que el banco se estaba apilando y era fácil imaginar cuál sería el destino del barco si entraba en el área de alteración. Quedaría aplastado como una cáscara de huevo entre las devastadoras masas.” (South, p. 103).

La vida sobre témpanos de hielo flotantes que derivaban y chocaban constantemente no debía ser fácil. Por un lado, Shackleton y su tripulación eran arrastrados de un lugar a otro con apenas control sobre lo que sucedería al día siguiente. Por otro, siempre podía ocurrir que los témpanos se agrietaran o partieran, dando lugar a fatales consecuencias. Por último, era también posible que una placa de hielo remontara a otra, provocando situaciones quizá aún peores. Aquel periodo es probablemente uno de los mejores ejemplos de la vida en la incertidumbre, en la que, por su propia serenidad y salud mental, los hombres debían necesariamente centrarse en el hoy sin hacerse demasiadas preguntas respecto al mañana.

 

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31 de Marzo de 1915: la deriva

“Nuestra deriva total entre el 19 de enero, cuando el barco quedó atrapado en el hielo, y el 31 de marzo, período de setenta y un días, había sido de ciento cincuenta y dos kilómetros en una dirección norte 80º oeste”. (Sur, p. 100).

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Muy pronto apareció uno de los más silenciosos y sin embargo peligrosos compañeros de camino en la expedición Endurance: la deriva. En el mar de Weddell, que se encuentra en una bahía circular, hay un constante movimiento de las aguas en el sentido de las agujas del reloj. Los témpanos de hielo se dejan arrastrar por esa corriente, llevando consigo todo lo que está en su superficie, como era el caso del barco, el campamento y la tripulación que lo habitaba. Esa deriva era incontrolable e impredecible, y de momento les estaba alejando del punto donde debían haber llegado, que es donde alguien enviaría ayuda en el caso de que nadie supiera de ellos durante un tiempo prolongado, haciéndola inservible. Por otro lado, la corriente podía también provocar cambios en la temperatura y la estructura del hielo que atentaran contra la integridad del barco. En ese contexto, la observación de la posición en la que se encontraban cada día, y por tanto del efecto de la deriva, se convirtió en una preocupación habitual para Shackleton y su tripulación.


10 de Marzo de 1915: el Ritz

“Las dependencias de la entrecubierta se terminaron para el 10, y los hombres tomaron posesión de los cubículos que se habían construido”. (Sur, p. 95).

El 10 de Marzo El Ritz quedó terminado. Estaba dividido en varias estancias, a los que la tripulación también bautizó con diversos nombres: The Billabong, Auld Reekie, The Nuts, The Sailor´s Rest, The Anchorage y The Fumarole.

Shackleton permaneció solo a popa, acaso como una consecuencia de la distancia que solía mantener con los miembros de su tripulación a fin de conservar su autoridad. Una de las claves de la efectividad de su mando era la adecuada combinación entre ese espacio que mantenía con sus hombres, su honda preocupación por ellos, la activa gestión que hacía de las actividades para mantener la unidad del grupo y la rapidez y eficiencia con la que resolvía los conflictos.

Como era su costumbre, Shackleton estableció una nueva rutina que sirviera de marco a las actividades del día, con toda seguridad consciente de que, ahora más que nunca, era necesario imprimir un ritmo que les alejase del caos y la desorganización: el desayuno se servía a las 9.00, el almuerzo a las 13.00, el té a las 16.00 y la cena a las 18.00.

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14 de Febrero de 1915: segundo intento de liberar el Endurance

“La segunda mitad de febrero no produjo un cambio importante en nuestra situación. El 14, por la mañana temprano, ordené una buena carga de vapor a las máquinas y envié a todos los hombres a la placa con cinceles para hielo, punzones y piquetas.” (Sur, p. 86).

Poco más tarde de que se abriera la vía en el hielo, Shackleton intentó por segunda vez liberar el barco. La tripulación se esforzó a fondo en ello, pero resultaba una lucha imposible porque, a pesar de que lograron avanzar hasta un punto, cada metro que ganaban al hielo a partir de ahí, se volvía a congelar rápidamente. Cuando llevaban más de un día trabajando Shackleton se dio cuenta de que no lo conseguirían, y dio la orden para que se detuvieran. Esto constituyó una importante desilusión para los hombres, que se habían afanado a fondo. Sin embargo, pese al titánico esfuerzo que habían hecho, aún cuatrocientos metros de hielo separaban un barco de trescientas cincuenta toneladas de la vía más cercana.

Meses más tarde Shackleton tendría la sensación de que el barco jamás ganaría la desigual lucha contra el hielo, y pronunciaría unas certeras y premonitorias palabras que mostraban al tiempo su profundo conocimiento de la Antártida y el temor de que todo acabara en tragedia:

“lo que el hielo conquista, el hielo se lo queda”.