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23 de mayo de 1916: el Southern Sky

“La primera parte del viaje hasta la isla Elefante en el Southern Sky transcurrió sin incidentes. A mediodía del martes 23 de mayo, navegábamos a doce millas por hora en dirección suroeste. Avanzamos bastante, pero la temperatura bajó mucho, y los indicios me dieron motivo para preocuparme por la probabilidad de encontrarnos con el hielo.” (p. 345).

El presagio de Shackleton acabaría por cumplirse, y a escasas setenta millas de la costa de isla Elefante el Southern Sky tuvo que darse la vuelta por debido al hielo. Era un barco hecho de acero, y Shackleton calculaba que no resistiría los golpes del hielo. Como él mismo escribió, resultaba difícil aceptar el fracaso, pero no parecía haber nada que se pudiera hacer. Por otro lado, había que tomar una decisión rápida, pues el barco sólo tenía carbón para diez días. Como en aquel momento estaban más cerca de las Malvinas que de Georgia del Sur, Shackleton decidió poner rumbo a aquellas islas para intentar desde allí el rescate con otro barco.

Catcher ballenero similar al Southern Sky (histarmar.com)

Catcher ballenero similar al Southern Sky (histarmar.com)


19 de mayo de 1916: comienza la travesía de South Georgia

“La luna llena brillaba en un cielo casi sin nubes, sus rayos se reflejaban gloriosamente desde las cumbres y el hielo agrietado de los glaciares cercanos. Los enormes picos de las montañas se erguían y se recortaban contra el cielo y arrojaban sombras oscuras sobre las aguas de la bahía.” (Sur, p. 318).

La mañana del viernes 19 de mayo de 1916 Shackleton y sus hombres se levantaron a las 2:00 de la mañana, y Shackleton anotó en su diario una hermosa descripción del paisaje.

La bahía del Rey Haakon, el lugar donde habían llegado, se encontraba en el lado deshabitado de la isla, y por tanto la ayuda estaba al otro extremo. Pero el James Caird estaba demasiado deteriorado como para soportar una nueva singladura. Así que su única salida era intentar cruzar la isla a pie. En aquella época había mapas de Georgia del Sur, pero solo aparecía reflejada la costa en ellos, dado que nadie había atravesado nunca el interior. El motivo era que todo el mundo pensaba que era imposible.

McCarthy, Vincent y McNeish se quedarían acampados allí, pues se encontraban demasiado debilitados. Y Shackleton, Worsley y Crean emprenderían aquella mañana el camino hacia el otro extremo de la isla: 50 kilómetros colmados de incertidumbre que tendrían que atravesar a toda costa para conseguir el rescate.

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8 de mayo de 1916: al fin, Georgia del Sur a la vista

“El 8 de mayo amaneció pesado y tormentoso, con chubascos del noroeste (…) Fijamos la mirada hacia adelante, con creciente entusiasmo y, a las 12:30, McCarthy logró ver los acantilados negros de Georgia del Sur, justo catorce días después de nuestra partida de la isla Elefante. Fue un momento agradable. A pesar de estar abatidos por la sed, congelados y débiles, irradiábamos felicidad. La tarea estaba casi lista.” (Sur, pp. 295-296).

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Estaban a punto de llegar. Tras catorce días de terrible navegación, los oscuros acantilados de Georgia del Sur aparecieron al fin ante sus ojos.

Pero nada sería fácil para aquellos hombres. En esa latitud los vientos reciben nombres por su furia: en el paralelo 50, los raving fifties, y en el 60, los screaming sixties. En aquél momento el viento estaba soplando a unos 80 nudos en Georgia del Sur, y desembarcar iba a ser una empresa titánica. Dada la dificultad de la tarea Worsley, que llegó a temer por su vida, como seguramente en tantas otras veces, se lamentó. Pero, sorprendentemente, no del hecho de morir en sí mismo, sino de que si al final perdían sus vidas en el intento nadie sabría nunca lo cerca que habían estado.


5 de mayo de 1916: una poderosa conmoción del océano

“A medianoche, yo estaba al timón y de repente advertí una línea de cielo claro entre el sur y el suroeste. Les grité a los otros hombres que el cielo se estaba limpiando y luego, un momento después, me di cuenta de que lo que había visto no era una abertura en las nubes, sino la cresta de una ola enorme. En mi experiencia de ventiséis años en el oceáno en la que había sido testigo de todos sus estados de ánimo, nunca me había enfrentado a una ola tan gigantesca. Era una poderosa conmoción del océano, algo muy diferente de los inmensos mares de espuma blanca que habían sido nuestros incansables enemigos durante muchos días.” (Sur, p. 292).

 

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Este episodio fue uno de los muchos en los cuales Shackleton y sus hombres estuvieron a punto de morir durante la expedición Endurance. Las aguas en esa latitud son las peores del mundo, según han afirmado marineros de todos los tiempos y de todos los países. Al no haber tierra en ningún punto alrededor del eje del globo, los vientos se realimentan en un giro circumpolar constante, con ráfagas de viento que pueden soplar a 300 kilómetros por hora.

Es muy difícil imaginar cómo debe ser realizar un periplo de 1.300 kilómetros en un bote salvavidas de tan solo 6 metros de eslora, con un aparejo de fortuna y una instrumentación mínima. En ese contexto, el episodio que relata Shackleton toma una intensidad y un dramatismo difícilmente superables. La mayor ola de su vida le atrapó en el peor momento de su vida, tras meses de atravesar todos los infortunios imaginables.

A pesar de ello, Shackleton y sus hombres optaron claramente por la supervivencia, esforzándose al máximo por achicar el agua y retornar a una normalidad que solo era relativa, pues el incidente había dejado notar su efecto sobre la embarcación.

Afortunadamente, el fin de aquel penoso trayecto estaba ya muy cerca.

 


30 de abril de 1916: bien encaminados

“Cuando amaneció el séptimo día, no había mucho viento. Soltamos la mano de rizo de la vela y volvimos a poner rumbo, una vez más, hacia Georgia del Sur. El sol apareció resplandeciente y limpio, y en ese momento, Worsley pudo calcular la longitud. Esperábamos que el sol permaneciera claro hasta el mediodía, de modo que pudiéramos obtener la latitud. Habíamos pasado seis días sin hacer observaciones, y nuestro cálculo a ciegas era, naturalmente, incierto.” (Sur, p. 288).

Como Shackleton escribió, el relato del viaje en el James Caird hacia Georgia del Sur es del de una lucha suprema contra los elementos. La lista de todas y cada una de las dificultades que tuvieron que superar aquellos hombres es prácticamente infinita. Para empezar, el agua brava constantemente saltaba sobre el bote empapándolo todo. Como en esa latitud todo lo que se moja se congela, sus ropas y sacos de dormir también lo hacían. Por si eso fuera poco, una capa de hielo cada vez más gruesa se formaba en la cubierta, amenazando con hundir el bote. Jugándose la vida, los hombres tenían que subir a la resbaladiza cubierta manteniéndose como podían contra la zozobra para intentar picar el hielo y así aligerar el bote. Además habían lastrado la embarcación para mejorar su comportamiento con una tonelada de rocas, que yacían en el fondo y sobre las que tenían que dormir. Eso sin contar con que sus provisiones de agua eran escasas, dado que uno de los barriles se había golpeado, dejando entrar agua de mar.

James Caird Society-Thomson

James Caird Society-Thomson

A pesar de todo, el séptimo día salió el sol, y aquello fue como un bálsamo para los hombres. Shackleton, haciendo gala una vez más de su tenaz optimismo, escribió: “Ese día, nos deleitamos con el calor del sol. Después de todo, la vida no era tan mala. Sentimos que estábamos bien encaminados.”

Con todo ello, una de las mayores dificultades consistía en mantener el rumbo, dado que el material con el que contaban era mínimo. Georgia del Sur dista 1.300 kilómetros de Isla Elefante, y mide tan solo 150 kilómetros por su lado más ancho. Es decir, una mínima desviación provocaría que pasaran de largo la isla sin siquiera verla, perdiéndose para siempre en las aguas del océano.

Afortunadamente ese día al mediodía pudieron comprobar que la sensación de Shackleton era correcta. Las observaciones de Worsley determinaron que habían recorrido más de 380 millas y se estaban aproximando a la mitad del camino.

 


24 de abril de 1916: hacia South Georgia

“Era necesario realizar un viaje en barco en busca de rescate, y no debía demorarse. Esa conclusión se me impuso a la fuerza.” (Sur, p. 266).

Con esta frase Ernest Shackleton mostró una vez más una de sus cualidades para el éxito y el liderazgo: la conciencia. Había pasado apenas una semana desde su establecimiento en Cabo Wild, pero Shackleton enseguida se dio cuenta de que, a pesar de la aparente seguridad que proporcionaba la tierra firme, si se quedaban allí morirían. Isla Elefante es una roca perdida en medio del océano que no les ofrecía ninguna esperanza de supervivencia, máxime cuando no había posibilidad alguna de que nadie fuera a rescatarles.

El plan que ideó fue tan simple como descabellado: tomar el más grande de sus botes salvavidas, el James Caird -de tan solo seis metros de eslora- e intentar llegar a South Georgia, en un increíble periplo de 1.300 kilómetros. Con algunos restos le construirían una cubierta y un aparejo de fortuna, lo lastrarían con rocas para mejorar su navegabilidad, y cargarían provisiones para un mes.

Frank Worsley, Tom Crean, John Vincent, Timothy McCarthy y Harry McNish serían los elegidos para acompañar a Shackleton en el que, aún hoy, es el viaje en bote más arriesgado de toda la historia de la navegación.

 

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17 de abril de 1916: Cabo Wild

Desafortunadamente la playa donde habían inicialmente desembarcado Shackleton y sus hombres no era apta para establecer allí su campamento, pues era demasiado pequeña y tarde o temprano sería cubierta por el agua. Así que, sin apenas descanso, tuvieron que afanarse en buscar otro lugar. Frank Wild, acompañado de cuatro hombres, fue el encargado de localizar el nuevo y definitivo lugar, que sería bautizado con su nombre, Cabo Wild, y que aparece descrito así:

“Un banco de arena once kilómetros al oeste, de unos doscientos metros de largo, que formaba un ángulo recto con la costa y terminaba en el extremo que daba al mar en una masa de rocas.” (Sur, p. 253).

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El 17 de abril Shackleton y su tripulación, en los pequeños botes salvavidas, se dirigieron a Cabo Wild y se establecieron allí. Pese a que, como en la peor de las pesadillas, la ventisca que les recibió duró dos semanas soplando entre los 100 y los 150 kilómetros por hora, los hombres de Shackleton se encontraron felices de estar al fin seguros en tierra firme:

“Cuando nos apiñamos alrededor de la cocina de grasa, con el humo acre que volaba hacia nuestras caras, nos sentimos un grupo feliz.” (Sur, p. 258).

 


14 de abril de 1916: desembarco en Isla Elefante

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“Remando con cuidado y evitando la marejada que mostraba dónde había rocas hundidas, llevamos el Stancomb Wills hacia la abertura en el acantilado. Luego, con unas pocas paladas, avanzamos por encima del oleaje y llevamos el bote hasta una playa rocosa. La siguiente 0la lo empujó un poco más lejos. Este era el primer desembarco jamás hecho en Isla Elefante.” (Sur, p. 246).

497 días después de haber abandonado tierra firme, en la ahora aún lejana South Georgia, los hombres de Shackleton arribaron por fin en Isla Elefante, una roca helada perdida en medio del océano, demasiado lejos de cualquier sitio habitado. El comportamiento de los hombres, debido al maltrecho estado en el que estaban, y a la alegría que sentían, fue cuando menos curioso:

“Algunos de los hombres se tambaleaban por la playa como si hubieran encontrado una fuente inagotable de alcohol en la desolada costa. Se reían ruidosamente, levantaban piedras y dejaban caer puñados de guijarros entre los dedos como avaros deleitándose frente al oro acumulado. Las sonrisas y las risas, que hacían que los labios resquebrajados se volvieran a partir, y las exclamaciones de júbilo al ver dos focas vivas en la playa me hicieron pensar, por un momento, en esa fastuosa hora de la infancia cuando por fin se abre la puerta y el árbol de Navidad en todo su esplendor aparece ante nuestros ojos.” (Sur, pp. 247-248).


12 de abril de 1916: Frank Wild, el hombre impasible

“Temprano por la mañana del 12 de abril, el tiempo mejoró y el viento se calmó. El amanecer llegó con un cielo claro, frío y temeroso. Paseé la mirada por los rostros de mis compañeros del James Caird y vi rasgos demacrados y ojerosos. La tensión estaba empezando a notarse. Wild estaba al timón con la misma expresión tranquila y confiada que habría tenido en condiciones más felices: sus ojos de color azul acero contemplaban el día que había por delante.” (Sur, p. 229).

Muy poco se ha escrito sobre Frank Wild, de las pocas personas a las que fue otorgada la Medalla Polar y seguramente el expedicionario que más tiempo pasó en el continente helado durante la época dorada de la exploración Antártica. Hombre de confianza de Shackleton y su segundo de a bordo, Wild llenaba el espacio de liderazgo que había entre su jefe y la tripulación.

Una de las noches de aquel horrible periplo en los tres botes salvavidas un hombre escribió que nunca se había sentido tan seguro de algo en su vida como aquella noche de su muerte. Frente a esa inquietante idea, contrasta la impasibilidad de Wild, que se encontraba tan sereno y confiado como siempre.

La amistad entre Shackleton y Wild se había comenzado a labrar mucho tiempo antes, y continuaría mucho tiempo después. Tanto que a día de hoy están los dos enterrados en la remota South Georgia, origen y destino último de aquellas legendarias expediciones.

Frank Wild

Frank Wild

 


9 de abril de 1916: por fin, hacia Isla Elefante

“El día siguiente fue domingo 9 de Abril, pero no fue un día de descanso para nosotros. Muchos de los acontecimientos importantes de nuestra expedición ocurrieron los domingos, y este día en particular sería testigo de una partida obligada de la placa en donde habíamos vivido durante seis meses y del inicio de nuestro viaje en los botes.” (Sur, p. 216).

Por fin, de una manera ciertamente extraña, un poco por propia decisión, y otro poco impulsado por los acontecimientos, llegó el gran día de la partida. Como en tantas otras ocasiones, cuesta imaginar lo que debió ser para aquellos hombres abandonar la placa de hielo en la que, es cierto, de modo muy precario, habían encontrado refugio durante tanto tiempo. Lanzarse en aquellos pequeños botes al agua en medio de una Antártida siempre hosca e impredecible debió ser duro. En esos momentos, sin embargo, Shackleton encuentra fuerzas para reflexionar acerca de las cosas importantes en la vida:

“Los adornos de la civilización pronto se dejan de lado frente a realidades severas, y si el hombre tiene la mínima posibilidad de obtener comida y refugio, puede vivir e, incluso, descubrir que su risa es verdadera.” (Sur, p. 218).

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La primera noche, sin embargo, el infortunio volvería a golpearles. Lograron subir a uno de los témpanos de hielo para hacer noche, pero desafortunadamente éste se abrió en dos dejando caer a un hombre al agua. Afortunadamente Shackleton, haciendo gala de una rapidez y de una fortaleza formidables, logró sacarle antes de que su vida estuviera gravemente comprometida. Sin embargo, se quedó solo en uno de los dos fragmentos de hielo en los que quedó dividido el témpano, y a punto estuvo de perderse en la inmensidad oscura de aquel mar si no llega a ser porque lanzaron un bote para rescatarle. Escribió:

“Por un momento, sentí que el trozo de placa sobre el que yo estaba y que no cesaba de moverse era el lugar más solitario del mundo.” (Sur, p. 221).

Aquella noche aprendieron algo terrible, y es que no podrían intentar ese tipo de desembarco para pernoctar y descansar nunca más. A partir de ahí, deberían hacer noche en los botes salvavidas.