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7 de abril de 1916: la soledad del liderazgo

“Confieso que sentí el gran peso de la responsabilidad sobre mis hombros; sin embargo, por otra parte, me sentía estimulado y animado por la actitud de los hombres. La soledad es el castigo del liderazgo, pero el hombre que tiene que tomar decisiones está asistido, en gran medida, si siente que no existe la incertidumbre en la mente de quienes lo siguen y que sus órdenes serán cumplidas con confianza y con la esperanza de alcanzar el éxito.” (Sur, p. 214).

La situación encima del témpano de hielo comenzaba a ser insostenible. Esa misma tarde, hacia las 18:30, los hombres sintieron un golpe fuerte en la placa. Cuando inspeccionaron el terreno, se dieron cuenta de que había aparecido una grieta debajo de uno de los botes salvavidas, el James Caird. Conforme avanzaban hacia el norte movidos por la corriente del mar de Weddell, la temperatura aumentaba y el hielo comenzaba a derretirse. El fragmento en el que ellos estaban era un triángulo que medía tan solo unos pocos metros por cada lado.

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Fotograma de la película “Shackleton”

 

En esa situación, Shackleton debía tomar la decisión de lanzar los botes al agua para escapar del hielo, pero no era una decisión sencilla. Y en ese momento, tal y como recoge en su diario, sintió todo el peso de la soledad del liderazgo. Una posición en la que, por mucho que el líder se deje asesorar, en el último momento sus decisiones siempre serán individuales, pues suya es al fin y al cabo la responsabilidad.

Sus hombres, sin embargo, mitigaban ese peso con la confianza que depositaban en él. Es en esos momentos de incertidumbre y dificultad cuando se ver con claridad que Shackleton no se equivocaba cuando buscaba hombres que destacaran por dos cualidades: una, el optimismo. La otra, la lealtad.

 

 


23 de marzo de 1916: tierra a la vista

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Isla Joinville

 

“Esta mañana se informó de que había tierra a la vista. Nos sentíamos escépticos, pero esta tarde se la vio en forma inequívoca hacia el oeste, y no puede haber más dudas al respecto. Se trata de la isla Joinville y de sus cordilleras dentadas, todas cubiertas de nieve, visibles en el horizonte. Esta tierra que se veía yerma e inhóspita sería un lugar de refugio para nosotros si pudiéramos llegar a ella. No obstante, sería ridículo hacer el intento, con el hielo roto como está, demasiado suelto y quebrado para avanzar sobre él, aunque no demasiado abierto para poder botar las embarcaciones.” (Sur, p. 207).

Los hombres de Shackleton habían seguido su deriva hacia el norte siguiendo la corriente que, en el sentido de las agujas del reloj, circula en el mar de Weddell. Y en un momento dado, apareció frente a ellos la isla Joinville, cuya posición es 63°15′S 55°45′O, en la punta de la península antártica. Mide tan solo unos sesenta por veinte kilómetros y está casi por completo cubierta de hielo, pero a un así a los hombres les pareció un refugio más seguro que el témpano de hielo sobre el que estaban derivando.

En ese momento apareció uno de los grandes dilemas de esta fase de la expedición. Con las islas de la península antártica a una distancia razonable, aparecía de manera cada vez más clara la oportunidad de bajar los botes al agua para intentar ganar tierra firme.

El momento de lanzar las embarcaciones, sin embargo, no parecía sencillo de determinar. Si lo hacían demasiado pronto, es decir, con excesivo hielo, no podrían abrirse paso a través de la banquisa y quedarían atrapados en el agua, con todas sus pertenencias en tres pequeños botes salvavidas, pues subirlos a un témpano de hielo era una tarea de extraordinaria dificultad, debido a su peso y a las condiciones de hielo. Por el contrario, si esperaban demasiado, el témpano de hielo sobre el que vivían podría partirse en dos, dejándoles caer al agua con el consiguiente riesgo de muerte por hipotermia.


Marzo de 1916: el incidente de la foca leopardo

“Ahora nuestras comidas consistían casi por completo en carne de foca, con una galleta al mediodía, y calculé que a esa velocidad, previendo que se cazaría un cierto número de focas y pingüinos, podríamos durar casi seis meses.” (Sur, pp. 200-201).

Marzo de 1916 no fue un mes especialmente intenso en cuanto a incidencias, pues en el diario de Shackleton apenas ocupa unas pocas páginas. Fundamentalmente continúan las constantes alusiones a la comida y al hambre que estaban pasando. Aún quedaban raciones para cuarenta días que estaban destinadas a los viajes en trineo (que nunca llegarían a realizarse), pero Shackleton eran consciente de que de momento no podían tocarlas, pues en el momento en que por fin pudieran lanzar los botes al agua para escapar del hielo tendría que aumentar las raciones considerablemente.

Quizá uno de los episodios más llamativos ocurrió el día en el que una foca leopardo saltó al témpano sobre el que estaban y atacó a uno de los hombres. Las focas leopardo son animales grandes, dotados de dientes afilados y altamente peligrosos para los seres humanos. La que atacó a Orde-Lees medía casi cuatro metros y pesaba en torno a los 500 kilos. Afortunadamente Wild se dio cuenta y, de manera sorprendente, en el mismo lapso en el que la foca saltó a la placa y amenazó a Orde-Lees, a él le dio tiempo a coger su rifle, apuntar, disparar y abatirla de un solo tiro. Una prueba más de la experiencia, preparación y valor de Frank Wild, hombre de confianza de Shackleton y sin duda uno de los grandes héroes de la expedición Endurance.

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Mediados de febrero de 1916: cocina antártica

“Para mediados de febrero, el tema de la grasa era serio. Di órdenes de que se desenterraran todas las cabezas y aletas de las focas que se habían descartado y que se les extrajera todo vestigio de grasa. También había escasez de carne. Aún teníamos nuestro suministro de alimentos para el viaje en trineo que nos durarían tres meses prácticamente sin tocar; sólo lo usaríamos como último recurso. Teníamos una pequeña provisión de pemmican para perros; los perros que quedaban se alimentaban con aquellas partes de las focas que nosotros no podíamos usar. Freíamos este pemmican para perros en sebo con un poco de harina y hacíamos excelentes bannocks.” (Sur, p. 198).

La cuestión de la alimentación en la expedición Endurance es un tema en sí mismo. Para empezar, la grasa era un componente fundamental. No solo por su valor energético, sino porque era el combustible que utilizaban para la cocina. Por eso Shackleton consideraba preocupante su ausencia. Hay que tener en cuenta que conforme avanzaba el año el invierno antártico se aproximaba, y las posibilidades de cazar no aumentaban, sino que disminuían.

El pemmican era una mezcla de concentrado de carne y grasa de alto valor proteico y energético inventada por los nativos norteamericanos, que fue muy popular en la época dorada de la exploración antártica. Era uno de los ingredientes fundamentales del hoosh, un guiso también ampliamente utilizado en aquellas expediciones que constaba de pemmican, galletas y agua. El bannock era un tipo de pan rápido hecho de harina cocida.

Para más información sobre la cocina antártica se puede consultar el volumen “Hoosh: Roast Penguin, Scurvy Day, and Other Stories of Antarctic Cuisine” de Jason C. Anthony (University of Nebraska Press), seguramente el único libro dedicado monográficamente a este tema.

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A Poacher- Nehaco River 1874 / His first experience of pemmican

 


26 de Enero de 1916: escasez de agua y alimentos

“Hoy, 26 de enero, cazamos un pingüino de Adelia y apareció otra ballena en las cercanías, pero ninguna foca. Nos queda muy poca grasa y, por consiguiente, hay que clausurar una de las cocinas. Sólo recibimos una bebida caliente por día, el té del desayuno. Durante el resto del día bebemos agua helada. A veces, incluso, nos falta el agua, entonces nos llevamos a la cama unos pocos trozos de hielo en una lata de tabaco. Por la mañana, hay casi una cucharada de agua en el lata, y uno tiene que permanecer inmóvil para no derramarla.” (Sur, p. 195).

Con el año nuevo comenzaba la que posiblemente iba a ser una de las peores etapas de la expedición Endurance. La Antártida es el desierto más grande del mundo, con más de trece mil kilómetros cuadrados. Ello explica la terrible paradoja de que, a pesar de vivir sobre el hielo, los hombres experimentaran escasez de agua. Hay que hacer serios esfuerzos de imaginación para pensar en cómo es la vida cuando uno tiene que tener a su  lado mientras duerme un poco de hielo en una lata de tabaco, con cuidado para no verterla, con el único propósito de tener apenas un sorbo de agua por la mañana.

El otro gran peligro era la escasez de alimentos. De hecho, a causa de ello no hubo otro remedio que sacrificar a casi todos los perros, excepto dos grupos que de momento sobrevivieron. Ello debió suponer un impacto en el ánimo de la tripulación, puesto que estos animales, además de una fuente de actividad, también significaban una compañía para los hombres.

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Enero de 1916: elogios para el cocinero

“El cocinero merece grandes elogios por la manera en que se ha comprometido con su trabajo en medio de toda esta severa ventisca. El espacio de su cocina consta solo de unas pocas cajas dispuestas a la manera de una mesa, con una pantalla de lona levantada a su alrededor sostenida sobre cuatro remos y las dos cocinas de grasa en el interior. La protección que brinda la pantalla es solo parcial, y los remolinos llevan el humo acre de la grasa en todas las direcciones.” (Sur, p. 194).

Shackleton no perdía oportunidad de elogiar a Charles Green, el cocinero. Siendo una época en la que la ciencia de la nutrición ni siquiera estaba en sus inicios, llama la atención la gran preocupación que Shackleton tenía en todo momento por la comida, debido sin duda a la importancia que le daba, no solo como alimento, sino también como regulador del estado de ánimo de los hombres.

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Green fue uno de los últimos reemplazos que hizo Shackleton en su tripulación, ya en Buenos Aires, debido a que la persona que ocupaba esa posición bebía demasiado. Su labor fue ejemplar durante toda la expedición, y resultó tan agotadora que en Isla Elefante un día simplemente se desplomó.

Su historia es igualmente curiosa y dramática, porque cuando por fin regresaron descubrió que su familia, pensando que había fallecido, se había gastado todo el dinero del seguro, y además su novia se había casado con otro hombre. Como no podía ser de otra manera, Charles Green se enroló de nuevo en una aventura con Shackleton: la expedición Quest.

 


29 de diciembre de 1915: Patience Camp

“Habíamos caminado doce kilómetros en línea recta y, a esta velocidad, nos llevaría más de trescientos días llegar a la tierra que se encontraba hacia el oeste. Como sólo teníamos alimentos para cuarenta y dos días, no había alternativa entonces, salvo acampar una vez más en la placa y armarnos de toda la paciencia posible hasta que las condiciones se vieran más favorables para renovar el intento de escape. (…) Llamamos a nuestro nuevo hogar, que ocuparíamos durante tres meses y medio, Patience Camp.” (Sur, p. 192).

El intento de Shackleton y sus hombres de intentar caminar de nuevo hacia el norte no dio resultado. Siete días después de comenzar se vieron en una situación en la que el hielo estaba demasiado blando como para avanzar con los trineos, pero sin vías de agua a través de las cuales lanzar los botes. Según Shackleton refleja en su diario, los hombres estaban débiles y no tenían muchas provisiones. Por otro lado, la tierra parecía inalcanzable. En esa situación, y mostrando una vez más su capacidad para aceptar las circunstancias, volvieron a instalar un campamento al que llamaron Paciencia, evidenciando así la cualidad que más les haría falta durante los meses que les esperaban.

Hurley y Shackleton en Ocean Camp

Hurley y Shackleton en Patience Camp


25 de diciembre de 1915: caminar y acampar

“Los hombres están muy alegres. La perspectiva de un descanso de la monotonía de la vida en la placa nos levantó el ánimo. Un hombre escribió en su diario: ‘Es una vida dura, difícil y alegre, esto de caminar y acampar; no nos lavamos ni lavamos los platos, no nos desvestimos, no nos cambiamos de ropa. Comemos de cualquier forma y siempre estamos impregnados de olor a grasa; dormimos casi en la nieve desnuda y trabajamos tanto como puede hacerlo el cuerpo humano con un mínimo de alimentos.'” (Sur, p. 189).

La comodidad con la que vivimos en los países desarrollados contrasta con la forma de ver la vida de los hombres de Shackleton. Pese a que las dificultades y el peligro seguían siendo la norma, son contadas las ocasiones en las que aparecen en sus diarios signos de preocupación o inquietud. Más bien al contrario, en este episodio en el que debían reemprender la marcha cargando de nuevo con todas sus pertenencias, y pese a que lógicamente acusan la dureza de la situación, lo que se lee sobre todo es optimismo y alegría.

El paisaje seguía siendo el mismo, un mar helado de extensión incalculable, y la situación seguía siendo la misma: bajas temperaturas, escasez de provisiones, y por encima de todo un futuro incierto. En ese contexto es notable la capacidad de la tripulación de Shackleton de concentrarse en el hoy, en el aquí y en el ahora, y aislar así de su mente todo lo demás: caminar y acampar, eso era todo.

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22 de Diciembre de 1915: nuevo intento de escapar del hielo

“El 22 de diciembre, por lo tanto, fue considerado el día de Navidad, y consumimos la mayor parte de nuestras restantes reservas de lujos en la fiesta de Navidad. No podíamos llevarnos todo con nosotros, de modo que por última vez durante ocho meses, tuvimos una comida realmente buena: todo lo que pudimos comer. Anchoas en aceite, alubias en salsa y liebre estofada hicieron una gloriosa combinación con la que no soñábamos desde nuestros días de estudiantes. Todos trabajaban bajo presión, empaquetando y volviendo a empaquetar trineos y almacenando las provisiones que íbamos a llevar con nosotros en las diversas bolsas y cajas. Al mirar a mi alrededor y ver los preocupados rostros de los hombres, sólo pude esperar que esta vez los hados fueran más amables que en nuestro último intento de marchar a través del hielo hacia la seguridad.” (Sur, p. 185).

La constante deriva del hielo, los cambios en la dirección del viento y la necesidad de ocupar a los hombres, llevaron a Shackleton, tras consultarlo con Wild y Hurley, a proponer una nueva marcha. Aunque Shackleton no lo refleja en su diario, es muy probable que el festín del que disfrutaron no fuera enteramente debido a que no podían llevarse todas las provisiones, sino también a su acertada idea de que la abundancia de comida en ciertas circunstancias contribuía a elevar la moral de la tripulación. En este caso, sin embargo, es posible que el copioso banquete no contrarrestara completamente el efecto de la noticia, pues tal y como Shackleton refleja su diario, la nueva marcha no era una buena idea para todos los hombres, pues muchos de los cuales posiblemente preferirían no moverse, entre otras cosas porque el hielo se había reblandecido y la travesía se haría ciertamente dura.

 

Ocean Camp

Ocean Camp


12 de Diciembre de 1915: el increíble optimismo de los hombres de Shackleton

“Una vez que crucemos el círculo Antártico, parecerá que prácticamente estamos a mitad de camino de casa; y es posible que con vientos favorables podamos cruzar el círculo antes de Año Nuevo. Una deriva de sólo cinco kilómetros por día nos ayudaría a lograrlo, y con frecuencia hemos hecho eso y más durante tres o cuatro semanas aproximadamente” (Sur, p. 175).

La mayoría de la tripulación de Shackleton estaba formada por hombres irlandeses, escoceses e ingleses. Por tanto, es altamente probable que el marinero de identidad desconocida que anotó esta frase en su diario a mediados de diciembre sentía que al cruzar el círculo polar antártico estarían ya a medio camino respecto a uno de esos lugares de origen. Un sencillo cálculo da como resultado que en el momento de escribir esa frase la distancia entre el campamento de Shackleton y el círculo polar era de apenas cien kilómetros, mientras que la que separa ese punto de Dublín es aproximadamente de mil quinientos en línea recta. De este modo es fácil ver aquí una soberbia muestra del irrefrenable optimismo de los hombres de Shackleton, una cualidad que él buscaba cuando les contrataba, además de la lealtad, y que sin ningún género de dudas todos poseían. Una cualidad que transformó en esperanza sus deseos de salir de allí, y que al final convirtió esa esperanza en acciones concretas que fueron las que les salvaron. Lejos de ser una sonrisa hueca, el optimismo de Shackleton y sus hombres era un optimismo productivo.

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