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10 de junio de 1916: el Instituto de Pesca Nº1

“El Almirantazgo británico me informó que no había ningún buque apropiado en Inglaterra y que no podía esperarse ninguna ayuda antes de octubre. Contesté que octubre sería demasiado tarde. Entonces, el ministro británico en Montevideo me telegrafió y me informó acerca de un buque de arrastres llamado Instituto de Pesca Nº1, perteneciente al Gobierno uruguayo. Era un barco pequeño y resistente, y el gobierno generosamente se había ofrecido a equiparlo con carbón, provisiones, ropa y otros elementos y enviarlo a las Islas Falkland para que yo lo llevara a isla Elefante. Acepté con gusto este ofrecimiento, y el barco llegó a Puerto Stanley el 10 de junio. Zarpamos hacia el sur de inmediato.” (Sur, pp .347-348).

“Zarpamos hacia el sur de inmediato.” Era en este tipo de frases donde se evidenciaba la determinación de Shackleton. Pese a haber atravesado el infierno, como él mismo escribió a su mujer tras regresar de la Antártida, no dudó ni un minuto ni en embarcarse en el Southern Sky, ni en aceptar la ayuda que le ofrecía el Instituto de Pesca Nº1, un pequeño vapor a carbón de 45 metros de eslora.

Desafortunadamente, y como en el peor de los presagios, este segundo intento de rescate que comenzaría el 10 de junio de 1916 no tendría éxito. Tal y como Shackleton escribió en su diario, a menos de veinte millas de la isla encontraron una barrera de hielo que resultó impracticable. Ante el intento de Shackleton de atravesarla el hielo respondió capturando el barco, con lo que tuvieron que dar marcha atrás para salir de un atrapamiento cuyas fatales consecuencias conocían perfectamente. Las condiciones climatológicas y la limitada reserva de carbón que tenían les hizo regresar a puerto, pese a que podían divisar perfectamente la isla por la banda de estribor.

El Instituto de Pesca nº1 (militar.org.ua)

El Instituto de Pesca nº1 (militar.org.ua)


23 de mayo de 1916: el Southern Sky

“La primera parte del viaje hasta la isla Elefante en el Southern Sky transcurrió sin incidentes. A mediodía del martes 23 de mayo, navegábamos a doce millas por hora en dirección suroeste. Avanzamos bastante, pero la temperatura bajó mucho, y los indicios me dieron motivo para preocuparme por la probabilidad de encontrarnos con el hielo.” (p. 345).

El presagio de Shackleton acabaría por cumplirse, y a escasas setenta millas de la costa de isla Elefante el Southern Sky tuvo que darse la vuelta por debido al hielo. Era un barco hecho de acero, y Shackleton calculaba que no resistiría los golpes del hielo. Como él mismo escribió, resultaba difícil aceptar el fracaso, pero no parecía haber nada que se pudiera hacer. Por otro lado, había que tomar una decisión rápida, pues el barco sólo tenía carbón para diez días. Como en aquel momento estaban más cerca de las Malvinas que de Georgia del Sur, Shackleton decidió poner rumbo a aquellas islas para intentar desde allí el rescate con otro barco.

Catcher ballenero similar al Southern Sky (histarmar.com)

Catcher ballenero similar al Southern Sky (histarmar.com)


20 de mayo de 1916: Stromness, al fin

Stromness (c) Jesús Alcoba 2014

Stromness (c) Jesús Alcoba 2014

“A las 6:30, pensé que había oído el sonido del silbato de un barco de vapor. No me atrevía a afirmarlo, pero sabía que los hombres de la estación ballenera se levantarían cerca de esta hora. Cuando bajé al campamento, se lo conté a los otros y, con intensa excitación, miramos el cronómetro esperando las 7:00, cuando los balleneros serían llamados a trabajar. Justo en ese minuto, el silbido llegó hasta nosotros, traído claramente por el viento a través de los kilómetros de roca y nieve que nos separaban. Ninguno de nosotros había oído jamás una música más dulce. Era el primer sonido creado por otros seres humanos que llegaba hasta nuestros oídos desde que partimos de la bahía Stromness en diciembre de 1914 (…) Fue un momento difícil de describir. El dolor y el sufrimiento, los viajes en bote, las caminatas, el hambre y la fatiga parecieron pertenecer al limbo de las cosas olvidadas, y sólo quedaba la satisfacción total que llega con la tarea cumplida” (Sur, p. 330).

Fueron momentos de una intensidad formidable. Aquellos tres hombres habían sufrido todo tipo de penurias, privaciones y adversidades, pero al fin lograron su recompensa. Tras oír el silbato, lo más apresuradamente que pudieron recorrieron el camino hasta Stromness. Al llegar buscaron al jefe de la estación, Thoralf Sorlle, a quien conocían, pero este no les reconoció. La leyenda dice que cuando al fin aquel andrajoso vagabundo se identificó como Ernest Shackleton, Sorlle se echó a llorar.

Los investigadores han querido ver en la prosa que Shackleton utilizó para recrear el momento de la llegada la intención de crear una narrativa de corte profundo y espiritual, como debió ser su vivencia. De hecho, los tres expedicionarios coincidieron en que durante todo el viaje habían sentido la presencia de un cuarto caminante a su lado. Es la idea del acompañante espiritual que aparecería más tarde en La tierra baldía del poeta T.S. Eliot, dentro del poema Lo que dijo el trueno: “¿Quién es ese tercero que camina siempre a tu lado? / Cuando cuento, solo somos dos, tú y yo, juntos / pero cuando miro delante de mí sobre el blanco camino / siempre hay otro que marcha a tu lado”. 

Esa narrativa intensa, llena de sentido, tiene su punto culminante en las frases que Shackleton escribió para expresar la profundidad de su vivencia. Es imposible escoger mejores palabras:

“Habíamos sufrido, pasado hambre y triunfado, nos habíamos arrastrado y nos habíamos aferrado a la gloria, habíamos crecido en la inmensidad del todo. Habíamos visto a Dios en Su esplendor, oído el texto que nos brinda la Naturaleza. Habíamos llegado al alma desnuda del hombre.” (Sur, p. 335).

 


10 de mayo de 1916: desembarco en Georgia del Sur

“Muchas veces me maravilló la delgada línea que divide el éxito del fracaso y el repentino cambio que conduce del desastre aparentemente seguro a una relativa seguridad (…) Deseábamos que llegara el día. Cuando al fin amaneció la mañana del 10 de mayo, casi no había viento, pero corría un fuerte mar cruzado. Avanzamos con lentitud hacia la costa (…) Grandes glaciares bajaban hasta el mar, pero no presentaban ningún lugar donde desembarcar. El mar se descargaba contra los arrecifes y explotaba contra la costa (…) Estaba oscureciendo. Una pequeña ensenada, con una playa cubierta por grandes rocas protegida por un arrecife, constituía un cambio en los acantilados del extremo sur de la bahía, y viramos en esa dirección (…) Salté a tierra con la boza corta y la sostuve cuando el bote volvió a alejarse con la marea que retrocedía (…) Un momento después, estábamos de rodillas bebiendo el agua pura, helada, a grandes tragos que nos devolvieron la vida. Fue un momento espléndido.” (Sur, pp. 298-300).

Shackleton dedica tres páginas de su diario al momento en el que por fin desembarcaron en South Georgia, poniendo fin con éxito a la que, a día de hoy, aún es la travesía en bote más arriesgada y heroica de toda la historia de la navegación, desde el comienzo de los tiempos. Frank Worsley, posiblemente uno de los mejores navegantes de la Historia, con un equipo de navegación mínimo, había cometido también un error mínimo, de unos 30 kilómetros en un trayecto de 1.300, lo que equivale aproximadamente a un 2%. Nunca tan pocos hombres han hecho tanto con tan poco. Es estremecedor pensar cómo debieron vivir aquellos días en los que navegaron entre la incertidumbre, y cómo se debieron sentir cuando al fin desembarcaron en la isla de la que habían salido casi dos años antes. Aquel día la bahía del Rey Haakon, en la remota South Georgia, les arropó y les proporcionó un consuelo difícil de describir con palabras.

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8 de mayo de 1916: al fin, Georgia del Sur a la vista

“El 8 de mayo amaneció pesado y tormentoso, con chubascos del noroeste (…) Fijamos la mirada hacia adelante, con creciente entusiasmo y, a las 12:30, McCarthy logró ver los acantilados negros de Georgia del Sur, justo catorce días después de nuestra partida de la isla Elefante. Fue un momento agradable. A pesar de estar abatidos por la sed, congelados y débiles, irradiábamos felicidad. La tarea estaba casi lista.” (Sur, pp. 295-296).

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Estaban a punto de llegar. Tras catorce días de terrible navegación, los oscuros acantilados de Georgia del Sur aparecieron al fin ante sus ojos.

Pero nada sería fácil para aquellos hombres. En esa latitud los vientos reciben nombres por su furia: en el paralelo 50, los raving fifties, y en el 60, los screaming sixties. En aquél momento el viento estaba soplando a unos 80 nudos en Georgia del Sur, y desembarcar iba a ser una empresa titánica. Dada la dificultad de la tarea Worsley, que llegó a temer por su vida, como seguramente en tantas otras veces, se lamentó. Pero, sorprendentemente, no del hecho de morir en sí mismo, sino de que si al final perdían sus vidas en el intento nadie sabría nunca lo cerca que habían estado.


24 de abril de 1916: hacia South Georgia

“Era necesario realizar un viaje en barco en busca de rescate, y no debía demorarse. Esa conclusión se me impuso a la fuerza.” (Sur, p. 266).

Con esta frase Ernest Shackleton mostró una vez más una de sus cualidades para el éxito y el liderazgo: la conciencia. Había pasado apenas una semana desde su establecimiento en Cabo Wild, pero Shackleton enseguida se dio cuenta de que, a pesar de la aparente seguridad que proporcionaba la tierra firme, si se quedaban allí morirían. Isla Elefante es una roca perdida en medio del océano que no les ofrecía ninguna esperanza de supervivencia, máxime cuando no había posibilidad alguna de que nadie fuera a rescatarles.

El plan que ideó fue tan simple como descabellado: tomar el más grande de sus botes salvavidas, el James Caird -de tan solo seis metros de eslora- e intentar llegar a South Georgia, en un increíble periplo de 1.300 kilómetros. Con algunos restos le construirían una cubierta y un aparejo de fortuna, lo lastrarían con rocas para mejorar su navegabilidad, y cargarían provisiones para un mes.

Frank Worsley, Tom Crean, John Vincent, Timothy McCarthy y Harry McNish serían los elegidos para acompañar a Shackleton en el que, aún hoy, es el viaje en bote más arriesgado de toda la historia de la navegación.

 

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17 de abril de 1916: Cabo Wild

Desafortunadamente la playa donde habían inicialmente desembarcado Shackleton y sus hombres no era apta para establecer allí su campamento, pues era demasiado pequeña y tarde o temprano sería cubierta por el agua. Así que, sin apenas descanso, tuvieron que afanarse en buscar otro lugar. Frank Wild, acompañado de cuatro hombres, fue el encargado de localizar el nuevo y definitivo lugar, que sería bautizado con su nombre, Cabo Wild, y que aparece descrito así:

“Un banco de arena once kilómetros al oeste, de unos doscientos metros de largo, que formaba un ángulo recto con la costa y terminaba en el extremo que daba al mar en una masa de rocas.” (Sur, p. 253).

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El 17 de abril Shackleton y su tripulación, en los pequeños botes salvavidas, se dirigieron a Cabo Wild y se establecieron allí. Pese a que, como en la peor de las pesadillas, la ventisca que les recibió duró dos semanas soplando entre los 100 y los 150 kilómetros por hora, los hombres de Shackleton se encontraron felices de estar al fin seguros en tierra firme:

“Cuando nos apiñamos alrededor de la cocina de grasa, con el humo acre que volaba hacia nuestras caras, nos sentimos un grupo feliz.” (Sur, p. 258).

 


12 de abril de 1916: Frank Wild, el hombre impasible

“Temprano por la mañana del 12 de abril, el tiempo mejoró y el viento se calmó. El amanecer llegó con un cielo claro, frío y temeroso. Paseé la mirada por los rostros de mis compañeros del James Caird y vi rasgos demacrados y ojerosos. La tensión estaba empezando a notarse. Wild estaba al timón con la misma expresión tranquila y confiada que habría tenido en condiciones más felices: sus ojos de color azul acero contemplaban el día que había por delante.” (Sur, p. 229).

Muy poco se ha escrito sobre Frank Wild, de las pocas personas a las que fue otorgada la Medalla Polar y seguramente el expedicionario que más tiempo pasó en el continente helado durante la época dorada de la exploración Antártica. Hombre de confianza de Shackleton y su segundo de a bordo, Wild llenaba el espacio de liderazgo que había entre su jefe y la tripulación.

Una de las noches de aquel horrible periplo en los tres botes salvavidas un hombre escribió que nunca se había sentido tan seguro de algo en su vida como aquella noche de su muerte. Frente a esa inquietante idea, contrasta la impasibilidad de Wild, que se encontraba tan sereno y confiado como siempre.

La amistad entre Shackleton y Wild se había comenzado a labrar mucho tiempo antes, y continuaría mucho tiempo después. Tanto que a día de hoy están los dos enterrados en la remota South Georgia, origen y destino último de aquellas legendarias expediciones.

Frank Wild

Frank Wild

 


9 de abril de 1916: por fin, hacia Isla Elefante

“El día siguiente fue domingo 9 de Abril, pero no fue un día de descanso para nosotros. Muchos de los acontecimientos importantes de nuestra expedición ocurrieron los domingos, y este día en particular sería testigo de una partida obligada de la placa en donde habíamos vivido durante seis meses y del inicio de nuestro viaje en los botes.” (Sur, p. 216).

Por fin, de una manera ciertamente extraña, un poco por propia decisión, y otro poco impulsado por los acontecimientos, llegó el gran día de la partida. Como en tantas otras ocasiones, cuesta imaginar lo que debió ser para aquellos hombres abandonar la placa de hielo en la que, es cierto, de modo muy precario, habían encontrado refugio durante tanto tiempo. Lanzarse en aquellos pequeños botes al agua en medio de una Antártida siempre hosca e impredecible debió ser duro. En esos momentos, sin embargo, Shackleton encuentra fuerzas para reflexionar acerca de las cosas importantes en la vida:

“Los adornos de la civilización pronto se dejan de lado frente a realidades severas, y si el hombre tiene la mínima posibilidad de obtener comida y refugio, puede vivir e, incluso, descubrir que su risa es verdadera.” (Sur, p. 218).

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La primera noche, sin embargo, el infortunio volvería a golpearles. Lograron subir a uno de los témpanos de hielo para hacer noche, pero desafortunadamente éste se abrió en dos dejando caer a un hombre al agua. Afortunadamente Shackleton, haciendo gala de una rapidez y de una fortaleza formidables, logró sacarle antes de que su vida estuviera gravemente comprometida. Sin embargo, se quedó solo en uno de los dos fragmentos de hielo en los que quedó dividido el témpano, y a punto estuvo de perderse en la inmensidad oscura de aquel mar si no llega a ser porque lanzaron un bote para rescatarle. Escribió:

“Por un momento, sentí que el trozo de placa sobre el que yo estaba y que no cesaba de moverse era el lugar más solitario del mundo.” (Sur, p. 221).

Aquella noche aprendieron algo terrible, y es que no podrían intentar ese tipo de desembarco para pernoctar y descansar nunca más. A partir de ahí, deberían hacer noche en los botes salvavidas.


7 de abril de 1916: la soledad del liderazgo

“Confieso que sentí el gran peso de la responsabilidad sobre mis hombros; sin embargo, por otra parte, me sentía estimulado y animado por la actitud de los hombres. La soledad es el castigo del liderazgo, pero el hombre que tiene que tomar decisiones está asistido, en gran medida, si siente que no existe la incertidumbre en la mente de quienes lo siguen y que sus órdenes serán cumplidas con confianza y con la esperanza de alcanzar el éxito.” (Sur, p. 214).

La situación encima del témpano de hielo comenzaba a ser insostenible. Esa misma tarde, hacia las 18:30, los hombres sintieron un golpe fuerte en la placa. Cuando inspeccionaron el terreno, se dieron cuenta de que había aparecido una grieta debajo de uno de los botes salvavidas, el James Caird. Conforme avanzaban hacia el norte movidos por la corriente del mar de Weddell, la temperatura aumentaba y el hielo comenzaba a derretirse. El fragmento en el que ellos estaban era un triángulo que medía tan solo unos pocos metros por cada lado.

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Fotograma de la película “Shackleton”

 

En esa situación, Shackleton debía tomar la decisión de lanzar los botes al agua para escapar del hielo, pero no era una decisión sencilla. Y en ese momento, tal y como recoge en su diario, sintió todo el peso de la soledad del liderazgo. Una posición en la que, por mucho que el líder se deje asesorar, en el último momento sus decisiones siempre serán individuales, pues suya es al fin y al cabo la responsabilidad.

Sus hombres, sin embargo, mitigaban ese peso con la confianza que depositaban en él. Es en esos momentos de incertidumbre y dificultad cuando se ver con claridad que Shackleton no se equivocaba cuando buscaba hombres que destacaran por dos cualidades: una, el optimismo. La otra, la lealtad.