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19 de mayo de 1916: comienza la travesía de South Georgia

“La luna llena brillaba en un cielo casi sin nubes, sus rayos se reflejaban gloriosamente desde las cumbres y el hielo agrietado de los glaciares cercanos. Los enormes picos de las montañas se erguían y se recortaban contra el cielo y arrojaban sombras oscuras sobre las aguas de la bahía.” (Sur, p. 318).

La mañana del viernes 19 de mayo de 1916 Shackleton y sus hombres se levantaron a las 2:00 de la mañana, y Shackleton anotó en su diario una hermosa descripción del paisaje.

La bahía del Rey Haakon, el lugar donde habían llegado, se encontraba en el lado deshabitado de la isla, y por tanto la ayuda estaba al otro extremo. Pero el James Caird estaba demasiado deteriorado como para soportar una nueva singladura. Así que su única salida era intentar cruzar la isla a pie. En aquella época había mapas de Georgia del Sur, pero solo aparecía reflejada la costa en ellos, dado que nadie había atravesado nunca el interior. El motivo era que todo el mundo pensaba que era imposible.

McCarthy, Vincent y McNeish se quedarían acampados allí, pues se encontraban demasiado debilitados. Y Shackleton, Worsley y Crean emprenderían aquella mañana el camino hacia el otro extremo de la isla: 50 kilómetros colmados de incertidumbre que tendrían que atravesar a toda costa para conseguir el rescate.

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5 de mayo de 1916: una poderosa conmoción del océano

“A medianoche, yo estaba al timón y de repente advertí una línea de cielo claro entre el sur y el suroeste. Les grité a los otros hombres que el cielo se estaba limpiando y luego, un momento después, me di cuenta de que lo que había visto no era una abertura en las nubes, sino la cresta de una ola enorme. En mi experiencia de ventiséis años en el oceáno en la que había sido testigo de todos sus estados de ánimo, nunca me había enfrentado a una ola tan gigantesca. Era una poderosa conmoción del océano, algo muy diferente de los inmensos mares de espuma blanca que habían sido nuestros incansables enemigos durante muchos días.” (Sur, p. 292).

 

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Este episodio fue uno de los muchos en los cuales Shackleton y sus hombres estuvieron a punto de morir durante la expedición Endurance. Las aguas en esa latitud son las peores del mundo, según han afirmado marineros de todos los tiempos y de todos los países. Al no haber tierra en ningún punto alrededor del eje del globo, los vientos se realimentan en un giro circumpolar constante, con ráfagas de viento que pueden soplar a 300 kilómetros por hora.

Es muy difícil imaginar cómo debe ser realizar un periplo de 1.300 kilómetros en un bote salvavidas de tan solo 6 metros de eslora, con un aparejo de fortuna y una instrumentación mínima. En ese contexto, el episodio que relata Shackleton toma una intensidad y un dramatismo difícilmente superables. La mayor ola de su vida le atrapó en el peor momento de su vida, tras meses de atravesar todos los infortunios imaginables.

A pesar de ello, Shackleton y sus hombres optaron claramente por la supervivencia, esforzándose al máximo por achicar el agua y retornar a una normalidad que solo era relativa, pues el incidente había dejado notar su efecto sobre la embarcación.

Afortunadamente, el fin de aquel penoso trayecto estaba ya muy cerca.

 


30 de abril de 1916: bien encaminados

“Cuando amaneció el séptimo día, no había mucho viento. Soltamos la mano de rizo de la vela y volvimos a poner rumbo, una vez más, hacia Georgia del Sur. El sol apareció resplandeciente y limpio, y en ese momento, Worsley pudo calcular la longitud. Esperábamos que el sol permaneciera claro hasta el mediodía, de modo que pudiéramos obtener la latitud. Habíamos pasado seis días sin hacer observaciones, y nuestro cálculo a ciegas era, naturalmente, incierto.” (Sur, p. 288).

Como Shackleton escribió, el relato del viaje en el James Caird hacia Georgia del Sur es del de una lucha suprema contra los elementos. La lista de todas y cada una de las dificultades que tuvieron que superar aquellos hombres es prácticamente infinita. Para empezar, el agua brava constantemente saltaba sobre el bote empapándolo todo. Como en esa latitud todo lo que se moja se congela, sus ropas y sacos de dormir también lo hacían. Por si eso fuera poco, una capa de hielo cada vez más gruesa se formaba en la cubierta, amenazando con hundir el bote. Jugándose la vida, los hombres tenían que subir a la resbaladiza cubierta manteniéndose como podían contra la zozobra para intentar picar el hielo y así aligerar el bote. Además habían lastrado la embarcación para mejorar su comportamiento con una tonelada de rocas, que yacían en el fondo y sobre las que tenían que dormir. Eso sin contar con que sus provisiones de agua eran escasas, dado que uno de los barriles se había golpeado, dejando entrar agua de mar.

James Caird Society-Thomson

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A pesar de todo, el séptimo día salió el sol, y aquello fue como un bálsamo para los hombres. Shackleton, haciendo gala una vez más de su tenaz optimismo, escribió: “Ese día, nos deleitamos con el calor del sol. Después de todo, la vida no era tan mala. Sentimos que estábamos bien encaminados.”

Con todo ello, una de las mayores dificultades consistía en mantener el rumbo, dado que el material con el que contaban era mínimo. Georgia del Sur dista 1.300 kilómetros de Isla Elefante, y mide tan solo 150 kilómetros por su lado más ancho. Es decir, una mínima desviación provocaría que pasaran de largo la isla sin siquiera verla, perdiéndose para siempre en las aguas del océano.

Afortunadamente ese día al mediodía pudieron comprobar que la sensación de Shackleton era correcta. Las observaciones de Worsley determinaron que habían recorrido más de 380 millas y se estaban aproximando a la mitad del camino.