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La fiesta de los sábados por la noche

“Casi todos los sábados por la noche se realizaba algún concierto, en el que cada uno cantaba una canción acerca de algún otro miembro del grupo. Si ese otro objetaba alguna de las observaciones, se escribía una peor para la semana siguiente.” (Sur, p. 380).

Todos los sábados los hombres se juntaban para hacer una celebración. Estuvieron observando esta costumbre durante el desarrollo de toda la expedición Endurance, incluso en la terrible isla Elefante. En muchas ocasiones el formato era de concierto, en el que se acompañaban del banjo de Hussey, que fue el último objeto que se rescató antes del hundimiento. Shackleton había decidido llevarlo como “tónico mental”. Las canciones solían seguir un estilo socarrón, con intención de ridiculizar a los miembros de la expedición. Tal y como Shackleton escribe, si el hombre objeto de la broma se quejaba, se escribía otra aún peor para el siguiente sábado. Estos son los dos primeros versos de una canción dedicada a Frank Wild, cuya versión original tiene cuatro más:

My name is Frankie Wild-o! and my huts on Elephant Isle,
The most expert of architects could hardly name its style.
But as I sit all snug inside while outside blows the gale,
I think the pride is pardonable with which I tell my tale.

O Frankly Wild-o Wild-o tra-la-la-la
Mr.Franky Wild-o tra-la-la-la-la-la-la.
My name is Franky Wild-o and my hut’s on Elephant Isle
The wall’s without a single brick, and the roof without a tile,
But nevertheless you must confess, for many and many a mile
It is the most palatial dwelling place you’ll find on Elephant Isle. 

Otra opción muy frecuente era el teatro. Cuesta creer que en una roca congelada en medio del peor mar del mundo los hombres se esforzaran para preparar este tipo de representaciones. Más aún cuesta creer que en una de sus últimas celebraciones el programa constara nada menos que de 26 actos. 

El banjo de Hussey © NMM, London

El banjo de Hussey
© NMM, London

 


Medianoche del 19 al 20 de mayo de 1916: la risa estaba en nuestros corazones

“Worsley y Crean entonaron sus viejas canciones mientras que el Primus ardía alegremente. La risa estaba en nuestros corazones, aunque no en nuestros labios agrietados y cortados.” (Sur, pp. 327-328).

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Crean Lake (c) Jesús Alcoba 2014

El relato de la travesía de South Georgia es, nuevamente, el de una lucha suprema contra la adversidad. Sin mapas del interior de la isla y con un equipo mínimo, Shackleton, Worsley y Crean debían llegar al otro lado para pedir rescate y salvar la vida de sus compañeros.

Uno de los episodios más mencionados relata que, con la llegada de la noche, la temperatura empezaba a bajar bruscamente, y Shackleton y sus compañeros debían perder altura o morirían congelados. La única posibilidad era dejarse deslizar por la pendiente, pecho contra espalda, esperando que ningún obstáculo o zanja les detuviera de forma letal. Lo dramático del asunto es que no había alternativa. O lo hacían así, o si se entretenían buscando otros planes, morirían poco a poco de congelación. Como es de suponer, asumieron el riesgo y, por suerte, el destino premió su audacia. Sobrevivieron.

Al llegar la medianoche de aquel extenuante día encendieron su hornillo Primus para calentar algo de comida, descansar y cantar. Pero no dormirían, pues no se lo podían permitir, sino que seguirían su camino. Poco más tarde, estaban tan cansados que Shackleton dejó dormir a sus compañeros, pero a los cinco minutos les despertó diciéndoles que habían dormido media hora. El motivo era simple: si les dejaba más tiempo, él mismo se quedaría dormido de agotamiento y morirían.

Debían seguir avanzando. A toda costa.

 


30 de abril de 1916: bien encaminados

“Cuando amaneció el séptimo día, no había mucho viento. Soltamos la mano de rizo de la vela y volvimos a poner rumbo, una vez más, hacia Georgia del Sur. El sol apareció resplandeciente y limpio, y en ese momento, Worsley pudo calcular la longitud. Esperábamos que el sol permaneciera claro hasta el mediodía, de modo que pudiéramos obtener la latitud. Habíamos pasado seis días sin hacer observaciones, y nuestro cálculo a ciegas era, naturalmente, incierto.” (Sur, p. 288).

Como Shackleton escribió, el relato del viaje en el James Caird hacia Georgia del Sur es del de una lucha suprema contra los elementos. La lista de todas y cada una de las dificultades que tuvieron que superar aquellos hombres es prácticamente infinita. Para empezar, el agua brava constantemente saltaba sobre el bote empapándolo todo. Como en esa latitud todo lo que se moja se congela, sus ropas y sacos de dormir también lo hacían. Por si eso fuera poco, una capa de hielo cada vez más gruesa se formaba en la cubierta, amenazando con hundir el bote. Jugándose la vida, los hombres tenían que subir a la resbaladiza cubierta manteniéndose como podían contra la zozobra para intentar picar el hielo y así aligerar el bote. Además habían lastrado la embarcación para mejorar su comportamiento con una tonelada de rocas, que yacían en el fondo y sobre las que tenían que dormir. Eso sin contar con que sus provisiones de agua eran escasas, dado que uno de los barriles se había golpeado, dejando entrar agua de mar.

James Caird Society-Thomson

James Caird Society-Thomson

A pesar de todo, el séptimo día salió el sol, y aquello fue como un bálsamo para los hombres. Shackleton, haciendo gala una vez más de su tenaz optimismo, escribió: “Ese día, nos deleitamos con el calor del sol. Después de todo, la vida no era tan mala. Sentimos que estábamos bien encaminados.”

Con todo ello, una de las mayores dificultades consistía en mantener el rumbo, dado que el material con el que contaban era mínimo. Georgia del Sur dista 1.300 kilómetros de Isla Elefante, y mide tan solo 150 kilómetros por su lado más ancho. Es decir, una mínima desviación provocaría que pasaran de largo la isla sin siquiera verla, perdiéndose para siempre en las aguas del océano.

Afortunadamente ese día al mediodía pudieron comprobar que la sensación de Shackleton era correcta. Las observaciones de Worsley determinaron que habían recorrido más de 380 millas y se estaban aproximando a la mitad del camino.

 


17 de abril de 1916: Cabo Wild

Desafortunadamente la playa donde habían inicialmente desembarcado Shackleton y sus hombres no era apta para establecer allí su campamento, pues era demasiado pequeña y tarde o temprano sería cubierta por el agua. Así que, sin apenas descanso, tuvieron que afanarse en buscar otro lugar. Frank Wild, acompañado de cuatro hombres, fue el encargado de localizar el nuevo y definitivo lugar, que sería bautizado con su nombre, Cabo Wild, y que aparece descrito así:

“Un banco de arena once kilómetros al oeste, de unos doscientos metros de largo, que formaba un ángulo recto con la costa y terminaba en el extremo que daba al mar en una masa de rocas.” (Sur, p. 253).

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El 17 de abril Shackleton y su tripulación, en los pequeños botes salvavidas, se dirigieron a Cabo Wild y se establecieron allí. Pese a que, como en la peor de las pesadillas, la ventisca que les recibió duró dos semanas soplando entre los 100 y los 150 kilómetros por hora, los hombres de Shackleton se encontraron felices de estar al fin seguros en tierra firme:

“Cuando nos apiñamos alrededor de la cocina de grasa, con el humo acre que volaba hacia nuestras caras, nos sentimos un grupo feliz.” (Sur, p. 258).

 


26 de Enero de 1916: escasez de agua y alimentos

“Hoy, 26 de enero, cazamos un pingüino de Adelia y apareció otra ballena en las cercanías, pero ninguna foca. Nos queda muy poca grasa y, por consiguiente, hay que clausurar una de las cocinas. Sólo recibimos una bebida caliente por día, el té del desayuno. Durante el resto del día bebemos agua helada. A veces, incluso, nos falta el agua, entonces nos llevamos a la cama unos pocos trozos de hielo en una lata de tabaco. Por la mañana, hay casi una cucharada de agua en el lata, y uno tiene que permanecer inmóvil para no derramarla.” (Sur, p. 195).

Con el año nuevo comenzaba la que posiblemente iba a ser una de las peores etapas de la expedición Endurance. La Antártida es el desierto más grande del mundo, con más de trece mil kilómetros cuadrados. Ello explica la terrible paradoja de que, a pesar de vivir sobre el hielo, los hombres experimentaran escasez de agua. Hay que hacer serios esfuerzos de imaginación para pensar en cómo es la vida cuando uno tiene que tener a su  lado mientras duerme un poco de hielo en una lata de tabaco, con cuidado para no verterla, con el único propósito de tener apenas un sorbo de agua por la mañana.

El otro gran peligro era la escasez de alimentos. De hecho, a causa de ello no hubo otro remedio que sacrificar a casi todos los perros, excepto dos grupos que de momento sobrevivieron. Ello debió suponer un impacto en el ánimo de la tripulación, puesto que estos animales, además de una fuente de actividad, también significaban una compañía para los hombres.

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25 de diciembre de 1915: caminar y acampar

“Los hombres están muy alegres. La perspectiva de un descanso de la monotonía de la vida en la placa nos levantó el ánimo. Un hombre escribió en su diario: ‘Es una vida dura, difícil y alegre, esto de caminar y acampar; no nos lavamos ni lavamos los platos, no nos desvestimos, no nos cambiamos de ropa. Comemos de cualquier forma y siempre estamos impregnados de olor a grasa; dormimos casi en la nieve desnuda y trabajamos tanto como puede hacerlo el cuerpo humano con un mínimo de alimentos.'” (Sur, p. 189).

La comodidad con la que vivimos en los países desarrollados contrasta con la forma de ver la vida de los hombres de Shackleton. Pese a que las dificultades y el peligro seguían siendo la norma, son contadas las ocasiones en las que aparecen en sus diarios signos de preocupación o inquietud. Más bien al contrario, en este episodio en el que debían reemprender la marcha cargando de nuevo con todas sus pertenencias, y pese a que lógicamente acusan la dureza de la situación, lo que se lee sobre todo es optimismo y alegría.

El paisaje seguía siendo el mismo, un mar helado de extensión incalculable, y la situación seguía siendo la misma: bajas temperaturas, escasez de provisiones, y por encima de todo un futuro incierto. En ese contexto es notable la capacidad de la tripulación de Shackleton de concentrarse en el hoy, en el aquí y en el ahora, y aislar así de su mente todo lo demás: caminar y acampar, eso era todo.

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12 de Diciembre de 1915: el increíble optimismo de los hombres de Shackleton

“Una vez que crucemos el círculo Antártico, parecerá que prácticamente estamos a mitad de camino de casa; y es posible que con vientos favorables podamos cruzar el círculo antes de Año Nuevo. Una deriva de sólo cinco kilómetros por día nos ayudaría a lograrlo, y con frecuencia hemos hecho eso y más durante tres o cuatro semanas aproximadamente” (Sur, p. 175).

La mayoría de la tripulación de Shackleton estaba formada por hombres irlandeses, escoceses e ingleses. Por tanto, es altamente probable que el marinero de identidad desconocida que anotó esta frase en su diario a mediados de diciembre sentía que al cruzar el círculo polar antártico estarían ya a medio camino respecto a uno de esos lugares de origen. Un sencillo cálculo da como resultado que en el momento de escribir esa frase la distancia entre el campamento de Shackleton y el círculo polar era de apenas cien kilómetros, mientras que la que separa ese punto de Dublín es aproximadamente de mil quinientos en línea recta. De este modo es fácil ver aquí una soberbia muestra del irrefrenable optimismo de los hombres de Shackleton, una cualidad que él buscaba cuando les contrataba, además de la lealtad, y que sin ningún género de dudas todos poseían. Una cualidad que transformó en esperanza sus deseos de salir de allí, y que al final convirtió esa esperanza en acciones concretas que fueron las que les salvaron. Lejos de ser una sonrisa hueca, el optimismo de Shackleton y sus hombres era un optimismo productivo.

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21 de Noviembre de 1915: la pérdida definitiva del Endurance

“Esta tarde, cuando estábamos en nuestras tiendas, oímos al Jefe gritar: ‘¡Se está yendo, muchachos!’. Salimos en un segundo y llegamos a la estación de guardia y a otros puntos estratégicos y, efectivamente, allí estaba nuestro pobre barco a dos kilómetros y medio de distancia luchando en su agonía de muerte. Se hundió primero la proa, la popa se elevó en el aire. Luego se zambulló rápidamente y el hielo se cerró sobre él para siempre. Verlo nos dio una sensación espeluznante, puesto que, aunque no tenía mástiles y era inútil, parecía nuestro vínculo con el mundo exterior.” (Sur, pp. 182-182).

El relato del episodio de la pérdida del barco no detalla que debido a las bajas temperaturas el hielo cubrió de nuevo el lugar que antes ocupaba el Endurance en apenas unos pocos minutos. Debió de ser como una pesadilla, como si el barco jamás hubiera estado allí. Esto sin duda debió provocar sentimientos de desolación y abandono en los marineros, como así lo expresa el diario de Shackleton:

“Dudo que hubiera uno entre nosotros que no haya sentido alguna emoción personal cuando Sir Ernest, de pie en lo alto del puesto del vigía, dijo con cierta tristeza y voz queda: ‘se ha ido, muchachos’.” (Sur, p. 182).

 

NSW State Library a285017p

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27 de Octubre de 1915: un día fatídico

“Luego, llegó un día fatídico: miércoles 27 de octubre. La posición era 69º5′ latitud S, 51º30′ longitud O. La temperatura era -18,2ºC . Soplaba una brisa débil del sur, y el sol brillaba en un cielo claro.

Tras largos meses de incesante ansiedad y estrés, tras momentos en que teníamos grandes esperanzas y otros cuando las perspectivas eran en verdad lúgubres, el fin del Endurance ha llegado (…) Es difícil escribir lo que siento. Para un marino, su barco es más que un hogar flotante, y en Endurance había centrado mis ambiciones, mis esperanzas y mis deseos. Ahora, deformándose y gimiendo, con sus cuadernas rajándose y sus heridos abriéndose, lentamente está abandonando su sensible vida en el inicio mismo de su carrera.” (Sur, pp. 145-146).

Poco se puede comentar tras leer las palabras que Shackleton recogió en su diario aquel 27 de Octubre. Efectivamente, su barco era más, mucho más que un hogar flotante: era su sueño, su proyecto, su empresa, y desde luego su vía de escape. Como él mismo escribe en su diario, el Endurance aguantó 281 días de deriva en la que es probable que cubrieran más de 2400 kilómetros desde el punto en que quedaron atrapados. Cuesta creer cómo se debieron sentir todos, máxime cuando la subida progresiva de las temperaturas motivada por su movimiento hacia el norte y por la llegada del verano antártico sin duda presagiaban el deshielo, y por tanto la liberación del barco.

Ni quiera la fotografía del genial Frank Hurley, con un Frank Wild observando las ruinas del Endurance, es capaz de captar la desolación y el dramatismo de aquel 27 de Octubre en el que se esfumó todo lugar para la esperanza.

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En ese mismo momento, sin embargo, y haciendo gala de una increíble capacidad de regeneración, Shackleton intercambió su objetivo de cruzar la Antártida a pie por otro, que acaso era más difícil de alcanzar: “La tarea es llegar a tierra con todos los miembros de la expedición.” Más adelante, escribiría con convicción la idea que subyacía a aquel rápido giro en la formulación de sus objetivos:

“Un hombre debe abocarse a una nueva meta tan pronto como la anterior fracasa.”.


12 de Octubre de 1915: llega la primavera

“La temperatura permaneció relativamente alta durante varios días. Todos los hombres se pasaron a sus alojamientos de verano, en los camarotes superiores, el día 12, con el acompañamiento de mucho ruido y risas. La primavera se sentía en el aire, y si no había nada verde creciendo para alegrar nuestros ojos, al menos había muchas focas, pingüinos e, incluso, ballenas que se divertían en los canales. La época en que se renovaba la acción se acercaba, y aunque nuestra situación era bastante seria, hacíamos frente al futuro con esperanzas.” (Sur, p. 137).

NSW State Library a090033p

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Cuando Shackleton habla de temperatura relativamente alta en general se refiere a una sensación térmica que ronda por abajo los cero grados. Poco antes en su diario refiere que en los últimos días la temperatura había ascendido de -23,3 ºC a -1,2ºC, provocando un deshielo incómodo por la humedad que generó.

Ese hecho aparte, lo cierto es que con la llegada de la primavera Shackleton y sus hombres se sentían con ánimos renovados, producidos entre otras cosas por la subida de las temperaturas, la creciente proporción de luz solar y la llegada de animales que suponían provisiones.

Es de suponer que Shackleton y sus hombres suponían que el hielo liberaría el barco. Primero por que parecía el lógico desenlace para compensar los largos meses de temperaturas extremas, completa oscuridad y escasez de provisiones.