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Enero de 1916: elogios para el cocinero

“El cocinero merece grandes elogios por la manera en que se ha comprometido con su trabajo en medio de toda esta severa ventisca. El espacio de su cocina consta solo de unas pocas cajas dispuestas a la manera de una mesa, con una pantalla de lona levantada a su alrededor sostenida sobre cuatro remos y las dos cocinas de grasa en el interior. La protección que brinda la pantalla es solo parcial, y los remolinos llevan el humo acre de la grasa en todas las direcciones.” (Sur, p. 194).

Shackleton no perdía oportunidad de elogiar a Charles Green, el cocinero. Siendo una época en la que la ciencia de la nutrición ni siquiera estaba en sus inicios, llama la atención la gran preocupación que Shackleton tenía en todo momento por la comida, debido sin duda a la importancia que le daba, no solo como alimento, sino también como regulador del estado de ánimo de los hombres.

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Green fue uno de los últimos reemplazos que hizo Shackleton en su tripulación, ya en Buenos Aires, debido a que la persona que ocupaba esa posición bebía demasiado. Su labor fue ejemplar durante toda la expedición, y resultó tan agotadora que en Isla Elefante un día simplemente se desplomó.

Su historia es igualmente curiosa y dramática, porque cuando por fin regresaron descubrió que su familia, pensando que había fallecido, se había gastado todo el dinero del seguro, y además su novia se había casado con otro hombre. Como no podía ser de otra manera, Charles Green se enroló de nuevo en una aventura con Shackleton: la expedición Quest.

 


29 de diciembre de 1915: Patience Camp

“Habíamos caminado doce kilómetros en línea recta y, a esta velocidad, nos llevaría más de trescientos días llegar a la tierra que se encontraba hacia el oeste. Como sólo teníamos alimentos para cuarenta y dos días, no había alternativa entonces, salvo acampar una vez más en la placa y armarnos de toda la paciencia posible hasta que las condiciones se vieran más favorables para renovar el intento de escape. (…) Llamamos a nuestro nuevo hogar, que ocuparíamos durante tres meses y medio, Patience Camp.” (Sur, p. 192).

El intento de Shackleton y sus hombres de intentar caminar de nuevo hacia el norte no dio resultado. Siete días después de comenzar se vieron en una situación en la que el hielo estaba demasiado blando como para avanzar con los trineos, pero sin vías de agua a través de las cuales lanzar los botes. Según Shackleton refleja en su diario, los hombres estaban débiles y no tenían muchas provisiones. Por otro lado, la tierra parecía inalcanzable. En esa situación, y mostrando una vez más su capacidad para aceptar las circunstancias, volvieron a instalar un campamento al que llamaron Paciencia, evidenciando así la cualidad que más les haría falta durante los meses que les esperaban.

Hurley y Shackleton en Ocean Camp

Hurley y Shackleton en Patience Camp


25 de diciembre de 1915: caminar y acampar

“Los hombres están muy alegres. La perspectiva de un descanso de la monotonía de la vida en la placa nos levantó el ánimo. Un hombre escribió en su diario: ‘Es una vida dura, difícil y alegre, esto de caminar y acampar; no nos lavamos ni lavamos los platos, no nos desvestimos, no nos cambiamos de ropa. Comemos de cualquier forma y siempre estamos impregnados de olor a grasa; dormimos casi en la nieve desnuda y trabajamos tanto como puede hacerlo el cuerpo humano con un mínimo de alimentos.'” (Sur, p. 189).

La comodidad con la que vivimos en los países desarrollados contrasta con la forma de ver la vida de los hombres de Shackleton. Pese a que las dificultades y el peligro seguían siendo la norma, son contadas las ocasiones en las que aparecen en sus diarios signos de preocupación o inquietud. Más bien al contrario, en este episodio en el que debían reemprender la marcha cargando de nuevo con todas sus pertenencias, y pese a que lógicamente acusan la dureza de la situación, lo que se lee sobre todo es optimismo y alegría.

El paisaje seguía siendo el mismo, un mar helado de extensión incalculable, y la situación seguía siendo la misma: bajas temperaturas, escasez de provisiones, y por encima de todo un futuro incierto. En ese contexto es notable la capacidad de la tripulación de Shackleton de concentrarse en el hoy, en el aquí y en el ahora, y aislar así de su mente todo lo demás: caminar y acampar, eso era todo.

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22 de Diciembre de 1915: nuevo intento de escapar del hielo

“El 22 de diciembre, por lo tanto, fue considerado el día de Navidad, y consumimos la mayor parte de nuestras restantes reservas de lujos en la fiesta de Navidad. No podíamos llevarnos todo con nosotros, de modo que por última vez durante ocho meses, tuvimos una comida realmente buena: todo lo que pudimos comer. Anchoas en aceite, alubias en salsa y liebre estofada hicieron una gloriosa combinación con la que no soñábamos desde nuestros días de estudiantes. Todos trabajaban bajo presión, empaquetando y volviendo a empaquetar trineos y almacenando las provisiones que íbamos a llevar con nosotros en las diversas bolsas y cajas. Al mirar a mi alrededor y ver los preocupados rostros de los hombres, sólo pude esperar que esta vez los hados fueran más amables que en nuestro último intento de marchar a través del hielo hacia la seguridad.” (Sur, p. 185).

La constante deriva del hielo, los cambios en la dirección del viento y la necesidad de ocupar a los hombres, llevaron a Shackleton, tras consultarlo con Wild y Hurley, a proponer una nueva marcha. Aunque Shackleton no lo refleja en su diario, es muy probable que el festín del que disfrutaron no fuera enteramente debido a que no podían llevarse todas las provisiones, sino también a su acertada idea de que la abundancia de comida en ciertas circunstancias contribuía a elevar la moral de la tripulación. En este caso, sin embargo, es posible que el copioso banquete no contrarrestara completamente el efecto de la noticia, pues tal y como Shackleton refleja su diario, la nueva marcha no era una buena idea para todos los hombres, pues muchos de los cuales posiblemente preferirían no moverse, entre otras cosas porque el hielo se había reblandecido y la travesía se haría ciertamente dura.

 

Ocean Camp

Ocean Camp


12 de Diciembre de 1915: el increíble optimismo de los hombres de Shackleton

“Una vez que crucemos el círculo Antártico, parecerá que prácticamente estamos a mitad de camino de casa; y es posible que con vientos favorables podamos cruzar el círculo antes de Año Nuevo. Una deriva de sólo cinco kilómetros por día nos ayudaría a lograrlo, y con frecuencia hemos hecho eso y más durante tres o cuatro semanas aproximadamente” (Sur, p. 175).

La mayoría de la tripulación de Shackleton estaba formada por hombres irlandeses, escoceses e ingleses. Por tanto, es altamente probable que el marinero de identidad desconocida que anotó esta frase en su diario a mediados de diciembre sentía que al cruzar el círculo polar antártico estarían ya a medio camino respecto a uno de esos lugares de origen. Un sencillo cálculo da como resultado que en el momento de escribir esa frase la distancia entre el campamento de Shackleton y el círculo polar era de apenas cien kilómetros, mientras que la que separa ese punto de Dublín es aproximadamente de mil quinientos en línea recta. De este modo es fácil ver aquí una soberbia muestra del irrefrenable optimismo de los hombres de Shackleton, una cualidad que él buscaba cuando les contrataba, además de la lealtad, y que sin ningún género de dudas todos poseían. Una cualidad que transformó en esperanza sus deseos de salir de allí, y que al final convirtió esa esperanza en acciones concretas que fueron las que les salvaron. Lejos de ser una sonrisa hueca, el optimismo de Shackleton y sus hombres era un optimismo productivo.

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21 de Noviembre de 1915: la pérdida definitiva del Endurance

“Esta tarde, cuando estábamos en nuestras tiendas, oímos al Jefe gritar: ‘¡Se está yendo, muchachos!’. Salimos en un segundo y llegamos a la estación de guardia y a otros puntos estratégicos y, efectivamente, allí estaba nuestro pobre barco a dos kilómetros y medio de distancia luchando en su agonía de muerte. Se hundió primero la proa, la popa se elevó en el aire. Luego se zambulló rápidamente y el hielo se cerró sobre él para siempre. Verlo nos dio una sensación espeluznante, puesto que, aunque no tenía mástiles y era inútil, parecía nuestro vínculo con el mundo exterior.” (Sur, pp. 182-182).

El relato del episodio de la pérdida del barco no detalla que debido a las bajas temperaturas el hielo cubrió de nuevo el lugar que antes ocupaba el Endurance en apenas unos pocos minutos. Debió de ser como una pesadilla, como si el barco jamás hubiera estado allí. Esto sin duda debió provocar sentimientos de desolación y abandono en los marineros, como así lo expresa el diario de Shackleton:

“Dudo que hubiera uno entre nosotros que no haya sentido alguna emoción personal cuando Sir Ernest, de pie en lo alto del puesto del vigía, dijo con cierta tristeza y voz queda: ‘se ha ido, muchachos’.” (Sur, p. 182).

 

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Mediados de Noviembre de 1915: el día más hermoso

“Hoy es el día más hermoso que hayamos tenido en la Antártica: cielo claro, brisa suave y templada del sur y el sol más brillante. Todos aprovechamos para levantar las tiendas, limpiar y, en general, secar y airear los aislantes y los sacos de dormir.” (Sur, p. 179).

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En noviembre de 1915 el genial Frank Hurley inmortalizó Ocean Camp, con Ernest Shackleton y Frank Wild a la izquierda de la fotografía. Como se puede apreciar, salvo por el hecho de que estaban en el mar de Weddell occidental, “la peor porción del peor mar del mundo” en opinión de Shackleton, da la impresión de que son hombres que están disfrutando de un día al aire libre fuera de sus tiendas de campaña. De hecho, Shackleton refleja en su diario que esos días disfrutaron de temperaturas “muy altas”, entre 2º y 3ºC bajo cero. No es de extrañar que salieran al exterior a limpiar, secar y poner un poco de orden en su remoto campamento, tal y como anotó un hombre en su diario.

 

 


7 de Noviembre de 1915 en Ocean Camp: observando la deriva

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“Los dos temas de mayor interés para nosotros eran nuestra velocidad de deriva y el clima (…). Un creciente viento del noroeste, que comenzó el 7 de noviembre y que duró doce días, nos desanimó durante un tiempo, hasta que descubrimos que sólo habíamos derivado cinco kilómetros hacia el sur, de modo que ahora estábamos veintisiete kilometros en buena dirección. Esto fortaleció nuestras teorías de que el hielo del mar de Weddell estaba derivando en círculos en sentido horario, y que si podíamos mantenernos en nuestro bloque el tiempo suficiente, terminaríamos siendo transportados hacia el norte, donde se extendía el mar abierto y el camino hacia una relativa seguridad.” (Sur, pp. 174-175).

Shackleton y sus hombres habían detenido su camino hacia el norte debido a que la tarea de empujar los botes salvavidas cargados con sus cosas era extenuante y bastante improductiva. Por otro lado, las condiciones eran constantemente cambiantes, y existía la posibilidad de que se abrieran canales que les permitieran remar en lugar de caminar, facilitando así su misión.

Se detuvieron en una placa de unos dos kilómetros y medio cuadrados y montaron un campamento al que llamaron Ocean Camp. Este témpano, que se iría reduciendo poco a poco como consecuencia del cambio en las condiciones climáticas, sería su hogar durante casi dos meses. Como no llevaban mucha distancia recorrida desde el lugar donde el barco yacía destrozado, regresaron allí para recoger todo cuanto les pudiera ser necesario.

Cuesta imaginar la constante vivencia de incertidumbre en la que se encontraban Shackleton y sus hombres. No sólo porque no sabían cuánto tiempo permanecerían en aquellas circunstancias en las que tanto las provisiones como el abrigo eran objeto de preocupación constante, sino porque las condiciones climatológicas, contra las que nada podían hacer, modificaban constantemente su posición y con ello su destino. Un viento del noroeste era siempre portador de malas noticias, puesto que les arrastraba hacia el sur cuando ellos pretendían ir al norte, empujados por la corriente circular del mar de Weddell. La paciencia, la aceptación de los hechos, el optimismo y la resistencia a la adversidad fueron nuevamente las constantes durante aquellas semanas en Ocean Camp.


30 de Octubre de 1915: se tiraron los soberanos y se guardaron las fotografías

“Será mucho mejor para los hombres en general sentir que, aunque el progreso sea lento, están en camino hacia la tierra, en vez de simplemente permanecer sentados y esperar a que la ansiada deriva hacia el noroeste nos libere de este cruel desierto de hielo. Haremos el intento de avanzar. No depende de mí predecir o controlar.” (Sur, p. 157).

En medio de la conmoción que supuso la pérdida del barco, Shackleton propuso el único plan que podía darles una oportunidad de sobrevivir. Cargarían un mínimo de pertenencias personales, en torno a un kilogramo por persona, en los tres botes salvavidas que tenían, y los empujarían hacia el norte, buscando mar abierto para navegar con ellos hasta una de las islas al norte del mar de Weddell.

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Si se tiene en cuenta que cada uno de los botes cargados pesaba en torno a una tonelada, y que el hielo sobre el que estaban no era una superficie lisa, es fácil concluir que la tarea era titánica. La otra opción era simplemente esperar a que la deriva les llevase hasta el norte. Pero Shackleton sabía que, al menos durante los primeros momentos, los hombres necesitaban un objetivo por el que luchar, pues de otro modo la desesperación acabaría con su moral y potencialmente con su vida.

Evidentemente la selección de los objetos que cada hombre portaría se hizo según un criterio afectivo, y así fue como los hombres de Shackleton comenzaron a aprender que la auténtica lucha por la supervivencia no acababa sino de empezar.

“Un hombre en tales condiciones necesita algo en que ocupar sus pensamientos, algún recuerdo tangible de su hogar y de las personas que dejó al otro lado del mar. Por lo tanto, se tiraron los soberanos y se guardaron las fotografías. Arranqué la guarda de la Biblia que la Reina Alejandra le había entregado al barco, escrita por ella misma, y también la hermosa página de Job que incluye el siguiente versículo:

«¿De qué seno sale el hielo?
Quién da a luz la escarcha del cielo,
cuando las aguas se aglutinan como piedra
y se congela la superficie del abismo?»
(Job 38: 29-20).”

(Ibíd., pp. 158-9).

 


28 de Octubre de 1915: Dump Camp, la mañana después

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Los hombres habían sacado todo lo que habían podido del barco y lo habían amontonado en un lugar cercano, en un campamento al que, debido al desorden provocado por la rapidez con la que había sucedido todo, bautizaron como Dump Camp. La mañana después al desastre del barco Frank Hurley inmortalizó ese provisional campamento en esta fotografía, que recoge el malogrado Endurance al fondo. Pronto, sin embargo, se detendrían en otro lugar que les serviría de hogar durante más tiempo, al que bautizarían como Ocean Camp.