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12 de abril de 1916: Frank Wild, el hombre impasible

“Temprano por la mañana del 12 de abril, el tiempo mejoró y el viento se calmó. El amanecer llegó con un cielo claro, frío y temeroso. Paseé la mirada por los rostros de mis compañeros del James Caird y vi rasgos demacrados y ojerosos. La tensión estaba empezando a notarse. Wild estaba al timón con la misma expresión tranquila y confiada que habría tenido en condiciones más felices: sus ojos de color azul acero contemplaban el día que había por delante.” (Sur, p. 229).

Muy poco se ha escrito sobre Frank Wild, de las pocas personas a las que fue otorgada la Medalla Polar y seguramente el expedicionario que más tiempo pasó en el continente helado durante la época dorada de la exploración Antártica. Hombre de confianza de Shackleton y su segundo de a bordo, Wild llenaba el espacio de liderazgo que había entre su jefe y la tripulación.

Una de las noches de aquel horrible periplo en los tres botes salvavidas un hombre escribió que nunca se había sentido tan seguro de algo en su vida como aquella noche de su muerte. Frente a esa inquietante idea, contrasta la impasibilidad de Wild, que se encontraba tan sereno y confiado como siempre.

La amistad entre Shackleton y Wild se había comenzado a labrar mucho tiempo antes, y continuaría mucho tiempo después. Tanto que a día de hoy están los dos enterrados en la remota South Georgia, origen y destino último de aquellas legendarias expediciones.

Frank Wild

Frank Wild

 


9 de abril de 1916: por fin, hacia Isla Elefante

“El día siguiente fue domingo 9 de Abril, pero no fue un día de descanso para nosotros. Muchos de los acontecimientos importantes de nuestra expedición ocurrieron los domingos, y este día en particular sería testigo de una partida obligada de la placa en donde habíamos vivido durante seis meses y del inicio de nuestro viaje en los botes.” (Sur, p. 216).

Por fin, de una manera ciertamente extraña, un poco por propia decisión, y otro poco impulsado por los acontecimientos, llegó el gran día de la partida. Como en tantas otras ocasiones, cuesta imaginar lo que debió ser para aquellos hombres abandonar la placa de hielo en la que, es cierto, de modo muy precario, habían encontrado refugio durante tanto tiempo. Lanzarse en aquellos pequeños botes al agua en medio de una Antártida siempre hosca e impredecible debió ser duro. En esos momentos, sin embargo, Shackleton encuentra fuerzas para reflexionar acerca de las cosas importantes en la vida:

“Los adornos de la civilización pronto se dejan de lado frente a realidades severas, y si el hombre tiene la mínima posibilidad de obtener comida y refugio, puede vivir e, incluso, descubrir que su risa es verdadera.” (Sur, p. 218).

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La primera noche, sin embargo, el infortunio volvería a golpearles. Lograron subir a uno de los témpanos de hielo para hacer noche, pero desafortunadamente éste se abrió en dos dejando caer a un hombre al agua. Afortunadamente Shackleton, haciendo gala de una rapidez y de una fortaleza formidables, logró sacarle antes de que su vida estuviera gravemente comprometida. Sin embargo, se quedó solo en uno de los dos fragmentos de hielo en los que quedó dividido el témpano, y a punto estuvo de perderse en la inmensidad oscura de aquel mar si no llega a ser porque lanzaron un bote para rescatarle. Escribió:

“Por un momento, sentí que el trozo de placa sobre el que yo estaba y que no cesaba de moverse era el lugar más solitario del mundo.” (Sur, p. 221).

Aquella noche aprendieron algo terrible, y es que no podrían intentar ese tipo de desembarco para pernoctar y descansar nunca más. A partir de ahí, deberían hacer noche en los botes salvavidas.


Marzo de 1916: el incidente de la foca leopardo

“Ahora nuestras comidas consistían casi por completo en carne de foca, con una galleta al mediodía, y calculé que a esa velocidad, previendo que se cazaría un cierto número de focas y pingüinos, podríamos durar casi seis meses.” (Sur, pp. 200-201).

Marzo de 1916 no fue un mes especialmente intenso en cuanto a incidencias, pues en el diario de Shackleton apenas ocupa unas pocas páginas. Fundamentalmente continúan las constantes alusiones a la comida y al hambre que estaban pasando. Aún quedaban raciones para cuarenta días que estaban destinadas a los viajes en trineo (que nunca llegarían a realizarse), pero Shackleton eran consciente de que de momento no podían tocarlas, pues en el momento en que por fin pudieran lanzar los botes al agua para escapar del hielo tendría que aumentar las raciones considerablemente.

Quizá uno de los episodios más llamativos ocurrió el día en el que una foca leopardo saltó al témpano sobre el que estaban y atacó a uno de los hombres. Las focas leopardo son animales grandes, dotados de dientes afilados y altamente peligrosos para los seres humanos. La que atacó a Orde-Lees medía casi cuatro metros y pesaba en torno a los 500 kilos. Afortunadamente Wild se dio cuenta y, de manera sorprendente, en el mismo lapso en el que la foca saltó a la placa y amenazó a Orde-Lees, a él le dio tiempo a coger su rifle, apuntar, disparar y abatirla de un solo tiro. Una prueba más de la experiencia, preparación y valor de Frank Wild, hombre de confianza de Shackleton y sin duda uno de los grandes héroes de la expedición Endurance.

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Mediados de febrero de 1916: cocina antártica

“Para mediados de febrero, el tema de la grasa era serio. Di órdenes de que se desenterraran todas las cabezas y aletas de las focas que se habían descartado y que se les extrajera todo vestigio de grasa. También había escasez de carne. Aún teníamos nuestro suministro de alimentos para el viaje en trineo que nos durarían tres meses prácticamente sin tocar; sólo lo usaríamos como último recurso. Teníamos una pequeña provisión de pemmican para perros; los perros que quedaban se alimentaban con aquellas partes de las focas que nosotros no podíamos usar. Freíamos este pemmican para perros en sebo con un poco de harina y hacíamos excelentes bannocks.” (Sur, p. 198).

La cuestión de la alimentación en la expedición Endurance es un tema en sí mismo. Para empezar, la grasa era un componente fundamental. No solo por su valor energético, sino porque era el combustible que utilizaban para la cocina. Por eso Shackleton consideraba preocupante su ausencia. Hay que tener en cuenta que conforme avanzaba el año el invierno antártico se aproximaba, y las posibilidades de cazar no aumentaban, sino que disminuían.

El pemmican era una mezcla de concentrado de carne y grasa de alto valor proteico y energético inventada por los nativos norteamericanos, que fue muy popular en la época dorada de la exploración antártica. Era uno de los ingredientes fundamentales del hoosh, un guiso también ampliamente utilizado en aquellas expediciones que constaba de pemmican, galletas y agua. El bannock era un tipo de pan rápido hecho de harina cocida.

Para más información sobre la cocina antártica se puede consultar el volumen “Hoosh: Roast Penguin, Scurvy Day, and Other Stories of Antarctic Cuisine” de Jason C. Anthony (University of Nebraska Press), seguramente el único libro dedicado monográficamente a este tema.

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A Poacher- Nehaco River 1874 / His first experience of pemmican

 


22 de Diciembre de 1915: nuevo intento de escapar del hielo

“El 22 de diciembre, por lo tanto, fue considerado el día de Navidad, y consumimos la mayor parte de nuestras restantes reservas de lujos en la fiesta de Navidad. No podíamos llevarnos todo con nosotros, de modo que por última vez durante ocho meses, tuvimos una comida realmente buena: todo lo que pudimos comer. Anchoas en aceite, alubias en salsa y liebre estofada hicieron una gloriosa combinación con la que no soñábamos desde nuestros días de estudiantes. Todos trabajaban bajo presión, empaquetando y volviendo a empaquetar trineos y almacenando las provisiones que íbamos a llevar con nosotros en las diversas bolsas y cajas. Al mirar a mi alrededor y ver los preocupados rostros de los hombres, sólo pude esperar que esta vez los hados fueran más amables que en nuestro último intento de marchar a través del hielo hacia la seguridad.” (Sur, p. 185).

La constante deriva del hielo, los cambios en la dirección del viento y la necesidad de ocupar a los hombres, llevaron a Shackleton, tras consultarlo con Wild y Hurley, a proponer una nueva marcha. Aunque Shackleton no lo refleja en su diario, es muy probable que el festín del que disfrutaron no fuera enteramente debido a que no podían llevarse todas las provisiones, sino también a su acertada idea de que la abundancia de comida en ciertas circunstancias contribuía a elevar la moral de la tripulación. En este caso, sin embargo, es posible que el copioso banquete no contrarrestara completamente el efecto de la noticia, pues tal y como Shackleton refleja su diario, la nueva marcha no era una buena idea para todos los hombres, pues muchos de los cuales posiblemente preferirían no moverse, entre otras cosas porque el hielo se había reblandecido y la travesía se haría ciertamente dura.

 

Ocean Camp

Ocean Camp


12 de Diciembre de 1915: el increíble optimismo de los hombres de Shackleton

“Una vez que crucemos el círculo Antártico, parecerá que prácticamente estamos a mitad de camino de casa; y es posible que con vientos favorables podamos cruzar el círculo antes de Año Nuevo. Una deriva de sólo cinco kilómetros por día nos ayudaría a lograrlo, y con frecuencia hemos hecho eso y más durante tres o cuatro semanas aproximadamente” (Sur, p. 175).

La mayoría de la tripulación de Shackleton estaba formada por hombres irlandeses, escoceses e ingleses. Por tanto, es altamente probable que el marinero de identidad desconocida que anotó esta frase en su diario a mediados de diciembre sentía que al cruzar el círculo polar antártico estarían ya a medio camino respecto a uno de esos lugares de origen. Un sencillo cálculo da como resultado que en el momento de escribir esa frase la distancia entre el campamento de Shackleton y el círculo polar era de apenas cien kilómetros, mientras que la que separa ese punto de Dublín es aproximadamente de mil quinientos en línea recta. De este modo es fácil ver aquí una soberbia muestra del irrefrenable optimismo de los hombres de Shackleton, una cualidad que él buscaba cuando les contrataba, además de la lealtad, y que sin ningún género de dudas todos poseían. Una cualidad que transformó en esperanza sus deseos de salir de allí, y que al final convirtió esa esperanza en acciones concretas que fueron las que les salvaron. Lejos de ser una sonrisa hueca, el optimismo de Shackleton y sus hombres era un optimismo productivo.

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21 de Noviembre de 1915: la pérdida definitiva del Endurance

“Esta tarde, cuando estábamos en nuestras tiendas, oímos al Jefe gritar: ‘¡Se está yendo, muchachos!’. Salimos en un segundo y llegamos a la estación de guardia y a otros puntos estratégicos y, efectivamente, allí estaba nuestro pobre barco a dos kilómetros y medio de distancia luchando en su agonía de muerte. Se hundió primero la proa, la popa se elevó en el aire. Luego se zambulló rápidamente y el hielo se cerró sobre él para siempre. Verlo nos dio una sensación espeluznante, puesto que, aunque no tenía mástiles y era inútil, parecía nuestro vínculo con el mundo exterior.” (Sur, pp. 182-182).

El relato del episodio de la pérdida del barco no detalla que debido a las bajas temperaturas el hielo cubrió de nuevo el lugar que antes ocupaba el Endurance en apenas unos pocos minutos. Debió de ser como una pesadilla, como si el barco jamás hubiera estado allí. Esto sin duda debió provocar sentimientos de desolación y abandono en los marineros, como así lo expresa el diario de Shackleton:

“Dudo que hubiera uno entre nosotros que no haya sentido alguna emoción personal cuando Sir Ernest, de pie en lo alto del puesto del vigía, dijo con cierta tristeza y voz queda: ‘se ha ido, muchachos’.” (Sur, p. 182).

 

NSW State Library a285017p

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7 de Noviembre de 1915 en Ocean Camp: observando la deriva

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“Los dos temas de mayor interés para nosotros eran nuestra velocidad de deriva y el clima (…). Un creciente viento del noroeste, que comenzó el 7 de noviembre y que duró doce días, nos desanimó durante un tiempo, hasta que descubrimos que sólo habíamos derivado cinco kilómetros hacia el sur, de modo que ahora estábamos veintisiete kilometros en buena dirección. Esto fortaleció nuestras teorías de que el hielo del mar de Weddell estaba derivando en círculos en sentido horario, y que si podíamos mantenernos en nuestro bloque el tiempo suficiente, terminaríamos siendo transportados hacia el norte, donde se extendía el mar abierto y el camino hacia una relativa seguridad.” (Sur, pp. 174-175).

Shackleton y sus hombres habían detenido su camino hacia el norte debido a que la tarea de empujar los botes salvavidas cargados con sus cosas era extenuante y bastante improductiva. Por otro lado, las condiciones eran constantemente cambiantes, y existía la posibilidad de que se abrieran canales que les permitieran remar en lugar de caminar, facilitando así su misión.

Se detuvieron en una placa de unos dos kilómetros y medio cuadrados y montaron un campamento al que llamaron Ocean Camp. Este témpano, que se iría reduciendo poco a poco como consecuencia del cambio en las condiciones climáticas, sería su hogar durante casi dos meses. Como no llevaban mucha distancia recorrida desde el lugar donde el barco yacía destrozado, regresaron allí para recoger todo cuanto les pudiera ser necesario.

Cuesta imaginar la constante vivencia de incertidumbre en la que se encontraban Shackleton y sus hombres. No sólo porque no sabían cuánto tiempo permanecerían en aquellas circunstancias en las que tanto las provisiones como el abrigo eran objeto de preocupación constante, sino porque las condiciones climatológicas, contra las que nada podían hacer, modificaban constantemente su posición y con ello su destino. Un viento del noroeste era siempre portador de malas noticias, puesto que les arrastraba hacia el sur cuando ellos pretendían ir al norte, empujados por la corriente circular del mar de Weddell. La paciencia, la aceptación de los hechos, el optimismo y la resistencia a la adversidad fueron nuevamente las constantes durante aquellas semanas en Ocean Camp.


12 de Octubre de 1915: llega la primavera

“La temperatura permaneció relativamente alta durante varios días. Todos los hombres se pasaron a sus alojamientos de verano, en los camarotes superiores, el día 12, con el acompañamiento de mucho ruido y risas. La primavera se sentía en el aire, y si no había nada verde creciendo para alegrar nuestros ojos, al menos había muchas focas, pingüinos e, incluso, ballenas que se divertían en los canales. La época en que se renovaba la acción se acercaba, y aunque nuestra situación era bastante seria, hacíamos frente al futuro con esperanzas.” (Sur, p. 137).

NSW State Library a090033p

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Cuando Shackleton habla de temperatura relativamente alta en general se refiere a una sensación térmica que ronda por abajo los cero grados. Poco antes en su diario refiere que en los últimos días la temperatura había ascendido de -23,3 ºC a -1,2ºC, provocando un deshielo incómodo por la humedad que generó.

Ese hecho aparte, lo cierto es que con la llegada de la primavera Shackleton y sus hombres se sentían con ánimos renovados, producidos entre otras cosas por la subida de las temperaturas, la creciente proporción de luz solar y la llegada de animales que suponían provisiones.

Es de suponer que Shackleton y sus hombres suponían que el hielo liberaría el barco. Primero por que parecía el lógico desenlace para compensar los largos meses de temperaturas extremas, completa oscuridad y escasez de provisiones.


30 de Septiembre de 1915: un mal día

“El 30 de Septiembre fue un mal día (…) El barco sostenía una terrible presión en la parte de babor hacia proa, pero las peores tensiones se soportaron en la zona del casco, por debajo de la jarcia prole. Fue el peor apretón que experimentamos. Las cubiertas se estremecieron y saltaron, los baos se arquearon y los candeleros se pandearon y estremecieron. Ordené a todos los hombres que estuvieran listos para cualquier emergencia que hubiera. Incluso los perros parecían sentir la tensa ansiedad del momento. No obstante, el barco resistió con valentía, y justo cuando parecía que llegaba al límite de su fortaleza, la enorme placa que nos presionaba hacia abajo se rajó a lo largo y nos alivió.” (Sur, p. 133).

El mes de septiembre, que había comenzado con fuertes movimientos en la placa, finalizó con un tremendo ataque de los témpanos contra el Endurance, que volvió a acusar el embiste. Los baos son las vigas que cruzan el barco de babor a estribor, sobre los que está colocada la cubierta. Si se tiene en cuenta que deben resistir presiones de todo tipo, entre ellas la producida por todos los objetos y personas que puede haber en cubierta, es obvio que el tamaño y grosor de estas vigas es considerable. Por ello es significativo que Shackleton relataba que los baos se arquearon. Eso da una idea de la terrible presión que estaba sufriendo el barco. En aquellos momentos la mezcla de sentimientos que albergaban los hombres debía ser altamente contradictoria: por un lado, los movimientos en la placa significaban que con el aumento de las temperaturas el hielo podría al fin liberar el barco. Por otro lado, los continuos ataques del hielo sobre el barco podrían destruirlo. Worsley escribió:

“Sería triste si una embarcación pequeña tan valiente es finalmente aplastada por las garras implacables de la banquisa de Weddell que lentamente la estrangulan después de diez meses del combate más audaz y valiente alguna vez presentado por un barco”.

 

NSW State Library a090017p

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