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10 de mayo de 1916: desembarco en Georgia del Sur

“Muchas veces me maravilló la delgada línea que divide el éxito del fracaso y el repentino cambio que conduce del desastre aparentemente seguro a una relativa seguridad (…) Deseábamos que llegara el día. Cuando al fin amaneció la mañana del 10 de mayo, casi no había viento, pero corría un fuerte mar cruzado. Avanzamos con lentitud hacia la costa (…) Grandes glaciares bajaban hasta el mar, pero no presentaban ningún lugar donde desembarcar. El mar se descargaba contra los arrecifes y explotaba contra la costa (…) Estaba oscureciendo. Una pequeña ensenada, con una playa cubierta por grandes rocas protegida por un arrecife, constituía un cambio en los acantilados del extremo sur de la bahía, y viramos en esa dirección (…) Salté a tierra con la boza corta y la sostuve cuando el bote volvió a alejarse con la marea que retrocedía (…) Un momento después, estábamos de rodillas bebiendo el agua pura, helada, a grandes tragos que nos devolvieron la vida. Fue un momento espléndido.” (Sur, pp. 298-300).

Shackleton dedica tres páginas de su diario al momento en el que por fin desembarcaron en South Georgia, poniendo fin con éxito a la que, a día de hoy, aún es la travesía en bote más arriesgada y heroica de toda la historia de la navegación, desde el comienzo de los tiempos. Frank Worsley, posiblemente uno de los mejores navegantes de la Historia, con un equipo de navegación mínimo, había cometido también un error mínimo, de unos 30 kilómetros en un trayecto de 1.300, lo que equivale aproximadamente a un 2%. Nunca tan pocos hombres han hecho tanto con tan poco. Es estremecedor pensar cómo debieron vivir aquellos días en los que navegaron entre la incertidumbre, y cómo se debieron sentir cuando al fin desembarcaron en la isla de la que habían salido casi dos años antes. Aquel día la bahía del Rey Haakon, en la remota South Georgia, les arropó y les proporcionó un consuelo difícil de describir con palabras.

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8 de mayo de 1916: al fin, Georgia del Sur a la vista

“El 8 de mayo amaneció pesado y tormentoso, con chubascos del noroeste (…) Fijamos la mirada hacia adelante, con creciente entusiasmo y, a las 12:30, McCarthy logró ver los acantilados negros de Georgia del Sur, justo catorce días después de nuestra partida de la isla Elefante. Fue un momento agradable. A pesar de estar abatidos por la sed, congelados y débiles, irradiábamos felicidad. La tarea estaba casi lista.” (Sur, pp. 295-296).

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Estaban a punto de llegar. Tras catorce días de terrible navegación, los oscuros acantilados de Georgia del Sur aparecieron al fin ante sus ojos.

Pero nada sería fácil para aquellos hombres. En esa latitud los vientos reciben nombres por su furia: en el paralelo 50, los raving fifties, y en el 60, los screaming sixties. En aquél momento el viento estaba soplando a unos 80 nudos en Georgia del Sur, y desembarcar iba a ser una empresa titánica. Dada la dificultad de la tarea Worsley, que llegó a temer por su vida, como seguramente en tantas otras veces, se lamentó. Pero, sorprendentemente, no del hecho de morir en sí mismo, sino de que si al final perdían sus vidas en el intento nadie sabría nunca lo cerca que habían estado.


30 de abril de 1916: bien encaminados

“Cuando amaneció el séptimo día, no había mucho viento. Soltamos la mano de rizo de la vela y volvimos a poner rumbo, una vez más, hacia Georgia del Sur. El sol apareció resplandeciente y limpio, y en ese momento, Worsley pudo calcular la longitud. Esperábamos que el sol permaneciera claro hasta el mediodía, de modo que pudiéramos obtener la latitud. Habíamos pasado seis días sin hacer observaciones, y nuestro cálculo a ciegas era, naturalmente, incierto.” (Sur, p. 288).

Como Shackleton escribió, el relato del viaje en el James Caird hacia Georgia del Sur es del de una lucha suprema contra los elementos. La lista de todas y cada una de las dificultades que tuvieron que superar aquellos hombres es prácticamente infinita. Para empezar, el agua brava constantemente saltaba sobre el bote empapándolo todo. Como en esa latitud todo lo que se moja se congela, sus ropas y sacos de dormir también lo hacían. Por si eso fuera poco, una capa de hielo cada vez más gruesa se formaba en la cubierta, amenazando con hundir el bote. Jugándose la vida, los hombres tenían que subir a la resbaladiza cubierta manteniéndose como podían contra la zozobra para intentar picar el hielo y así aligerar el bote. Además habían lastrado la embarcación para mejorar su comportamiento con una tonelada de rocas, que yacían en el fondo y sobre las que tenían que dormir. Eso sin contar con que sus provisiones de agua eran escasas, dado que uno de los barriles se había golpeado, dejando entrar agua de mar.

James Caird Society-Thomson

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A pesar de todo, el séptimo día salió el sol, y aquello fue como un bálsamo para los hombres. Shackleton, haciendo gala una vez más de su tenaz optimismo, escribió: “Ese día, nos deleitamos con el calor del sol. Después de todo, la vida no era tan mala. Sentimos que estábamos bien encaminados.”

Con todo ello, una de las mayores dificultades consistía en mantener el rumbo, dado que el material con el que contaban era mínimo. Georgia del Sur dista 1.300 kilómetros de Isla Elefante, y mide tan solo 150 kilómetros por su lado más ancho. Es decir, una mínima desviación provocaría que pasaran de largo la isla sin siquiera verla, perdiéndose para siempre en las aguas del océano.

Afortunadamente ese día al mediodía pudieron comprobar que la sensación de Shackleton era correcta. Las observaciones de Worsley determinaron que habían recorrido más de 380 millas y se estaban aproximando a la mitad del camino.

 


Los hombres de confianza de Shackleton

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A pesar de que durante la expedición todos los miembros de la tripulación fueron claramente necesarios, como en todos los proyectos hubo una serie de figuras sin cuya contribución la supervivencia del grupo simplemente no hubiera sido viable. Evidentemente una aventura como la del Endurance tiene tantas lecturas como personas puedan acercarse a ellas, y cualquier selección de una serie de hombres frente a otros es evidentemente subjetiva y por tanto la siguiente lista responde a criterios personales:

Ernest Shackleton. Sin ningún género de dudas no sólo era el líder formal de la expedición sino que conforme las condiciones se fueron haciendo más y más duras se reveló también como punto de referencia indiscutible a todos los niveles.

Frank Wild. Hombre de confianza de Shackleton y la persona que se quedó al frente del grupo en Isla Elefante. Un aventurero con una rara habilidad para liderar cualquier misión y sin embargo permanecer en un segundo plano, siendo en todo momento fiel a su líder y realizando una aportación de incalculable valor.

Frank Worsley. Capitán del Endurance, un marino nato cuya capacidad para navegar en las condiciones más increíbles hace que la admiración hacia él sea mayor cuanto más se conocen las durísimas condiciones en las que tuvo que guiar diferentes embarcaciones a lo largo de la misión.

Frank Hurley. El fotógrafo de la misión, sin cuyo soberbio trabajo no existiría hoy la valiosa colección de imágenes de la expedición Endurance. Su capacidad para vivir en condiciones extremas estuvo por encima de lo esperado, máxime teniendo en cuenta que su cometido principal no estaba relacionado con el objetivo prioritario de la misión, sino con documentar las diferentes etapas de la misma.

Harry McNish. Carpintero. Realizó todo tipo de trabajos de adaptación tanto del Endurance como de los botes, acomodándolos a las necesidades de cada momento. Entre otras cosas gracias a él la tripulación dispuso de camarotes durante los meses en que el barco permaneció atrapado. Además pudieron trasladar los botes de un punto a otro tras dotarlos de patines para la nieve, y también los tres botes pudieron contar con las mejores condiciones de navegabilidad posibles en la travesía a Isla Elefante.

Charles J. Green. Cocinero. Seguramente incluir a Green dentro del grupo de hombres imprescindibles pueda sorprender. Sin embargo la alimentación fue un factor clave a lo largo de toda la expedición, y en buena medida dependía de su trabajo, que conllevaba las jornadas regulares más extensas de todo el grupo.